Ataque y defensa de la Arquitectura de la ciudad

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Demolida Buenos Aires (2010). María Belén Sepúlveda para Salvemos Buenos Aires.

“Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad”
Jorge Luis Borges, El Aleph.

El patrimonio urbano es inherente a su entorno, a la ciudad que lo cobija. No es ajeno a los procesos de transformación constante que afectan a la ciudad, por el contrario, es altamente vulnerable. “Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz”(1) Como la imagen de Beatriz Viterbo en El Aleph de Borges, la imagen de la ciudad se ha ido modificando, borrando o conservando: en algunos casos con el amargo riesgo del olvido, en otros con el irremediable cambio que permite su supervivencia en los procesos de la ciudad contemporánea.

No pretendo exponer aquí ni evidenciar una postura de “lo correcto” para nuestras ciudades, sostengo que no hay un único camino válido ni receta alguna para el patrimonio urbano, partiendo desde la premisa que, como parte inseparable de la ciudad, se encuentra en constante proceso de gestación: lo que hoy es nuevo mañana será olvido, será recuerdo o será protegido. Ataque y defensa es este proceso de construcción y destrucción de la arquitectura de la ciudad, su ciclo de metamorfosis, del poder de imposición de una arquitectura sobre otra, del poder de cambio, resistencia o desaparición.

Intento comprender la situación en la que se encuentra la Ciudad de Buenos Aires y las posturas de quienes actúan en su construcción, y cómo la normativa de la ciudad puede ser un medio de poder de protección como también de destrucción del patrimonio, tomando como partida una postura positiva en cuanto a la evolución y cambio de la ciudad mediante la construcción social del espacio urbano, la participación ciudadana y el lugar del arquitecto como profesional competente para afrontar la tarea de hacer ciudad.

Croquis de Adhemar Orellana Rioja.

Patrimonio urbano y arquitectónico

La cuestión patrimonial no siempre fue un punto de preocupación de las ciudades. La ciudad medieval europea, que a mediados del siglo XIX atravesaba problemas de orden e higiene estaba mas preocupada en su acondicionamiento urbano y claramente veía a ciertos conjuntos de manzanas, con sus calles estrechas, peligrosas, corroídas por la falta de infraestructura y el hacinamiento como puntos de indispensable cambio. El Plan de Haussmann para París prometía el cuidado de los entonces considerados monumentos, pero no veía en la cuestión morfológica urbana ningún tipo de valor, por el contrario: la apertura de avenidas y bulevares conllevó a la destrucción de conjuntos que hoy serían considerados de gran interés histórico.

Con la Revolución Industrial y el posterior desarrollo del Movimiento Moderno “aparece el llamado problema de los centros históricos, para unos porque obstaculizan la formación de la ciudad moderna y para otros porque hay que preservarlos en justa coherencia con una cultura ilustrada que hace del historicismo un valor moderno.”(2)

Con la inminente problemática de los centros históricos, y la incompatible tabula rasa del Urbanismo Moderno, los países europeos atienden a la primer conferencia internacional para la conservación de los monumentos históricos, concluyendo con la Carta de Atenas de 1931, que “[…] instó a la protección totalizadora de los grandes monumentos y sus entornos como parte integral del conjunto urbano. Se pasó así de la mirada del edificio aislado a la visión de conjunto.”(3) Aparece entonces la figura del patrimonio arquitectónico urbano como monumento. Luego, en 1964, se constituye la Carta de Venecia, sumándose Túnez, México y Perú, y quince años después ochenta países de los cinco continentes firmaron la Convención del Patrimonio Mundial.

Esto no significó la “momificación” total de la arquitectura de la ciudad, ni de la intervención cuidadosa y silenciosa de las nuevas arquitecturas respetuosas de los vestigios del pasado, pero sí un avance que promulgó el surgimiento de leyes de protección basadas en una filosofía romántica e historicista. Se instauró la incógnita de qué preservar, y consecuentemente el temor de los nuevos arquitectos de que “la dictadura de la conservación […] pudiera fácilmente convertirse en una especie de ritual nacional, un fetichismo vergonzoso.”

Estas confrontaciones serán una de las problemáticas que estarán presentes a lo largo de todo el siglo XX y que en el presente aún se debate la cuestión de qué preservar.

Croquis de Ch’ng Kiah Kiean.

 

La imagen de la Ciudad: Identidad colectiva a través de la Arquitectura.

La ciudad es un mundo de posibilidades, un sinnúmero de imágenes surge a partir de ella. Cada ciudadano elabora su propia imagen de la ciudad (4) y hace un recorte, según sus hábitos, intereses y las experiencias vividas. En el imaginario de cada persona se crea una ciudad diferente según su perspectiva personal: “la imagen de una realidad determinada puede variar en forma considerable entre diversos observadores.” (5) La imagen que cada ciudadano hace de la ciudad le genera un mapa emotivo, un disco rígido de emociones fundadas en las experiencias relacionadas a los diversos lugares que fueron el escenario de estos acontecimientos. Cuando estos acontecimientos y sus lugares son reconocidos como propios de la identidad de una sociedad, se transforman en lugares históricos que nos identifican colectivamente por el significado que se le imprime a dicho espacio: “Todo ciudadano tiene largos vínculos con una u otra parte de su ciudad, y su imagen esta embebida de recuerdos y significados.” (6)

El patrimonio arquitectónico es fundamental en la creación del imaginario característico urbano, y de imágenes que apelan a la memoria con un fuerte significado histórico. Genera una seguridad emotiva ya que se presenta como la resistencia al olvido, al paso del tiempo, a la pérdida del saber colectivo de la historia de una sociedad. “El monumento es […] una defensa contra los traumatismos de la existencia, un dispositivo de seguridad. El monumento asegura, da confianza, tranquiliza al conjurar el ser de tiempo.”(7) Por ello la humanidad ha sido creadora de monumentos, para conmemorar lo que no quiere ser olvidado (8).

Pero la imagen de la ciudad que tiene un ciudadano no solo está compuesta por los grandes hitos urbanos y la arquitectura histórica (9). Los espacios de afecto urbanos propios también conforman la imagen de la ciudad, y pueden darse por variadas razones: puede ser el lugar que acunó un acontecimiento personal importante, que a la vez puede ser compartido, una esquina con el bar cotidiano, una plaza de la infancia, el barrio del club de toda la vida, una calle que nos agrada estéticamente por el cobijo de sus árboles, o la calle de nuestra casa. Estos lugares forman parte del catálogo de nuestra cotidianidad, de nuestro hogar urbano(10): “[…] la dulce sensación del hogar es mas fuerte cuando el hogar no solo es familiar sino también característico.” (11)

Se podría decir que el temor a que desaparezca un bien patrimonial que forma parte de nuestro imaginario popular puede ser análogo a la pérdida de orientación. Si nuestro catálogo emotivo es alterado, la sensación de desorientación se ve acentuada ya que lo que habíamos establecido como imagen cotidiana y hogareña sufre una modificación. La sensación de desorientación se ve acentuada si, además de desaparecer una pieza del rompecabezas, se pierde una pieza de alto valor histórico: la incapacidad de volver el tiempo atrás, pero tampoco poder invocarlo a través de la imagen de un bien tangible, deviene en la angustia de sentirse a la deriva del tiempo. Para los más conservadores, es un mensaje de desesperanza.

Pero así como hoy en día el patrimonio arquitectónico es la escena del pasado en la imagen actual de la ciudad, en otros momentos, fue la condena de lo que había sido vestigio de otros tiempos. “Construir sobre lo construido fue, a partir de entonces, una práctica habitual.” (12)
La asimilación social y luego afecto por los edificios, que terminan transformándose como hitos urbanos, es aparte del proceso de reconocimiento de un bien tangible como propio, como parte de la identidad de la ciudad y consecuentemente de su sociedad. El patrimonio arquitectónico actúa sobre la memoria del ciudadano y lo moviliza sensiblemente.

La ciudad entonces es un sinnúmero de sensibilidades, un mundo de debilidades, es decir, posibilidades (13).

 

La ciudad como un organismo de constante cambio

El patrimonio, como construcción social (14) atravesó un largo camino hasta llegar a ser considerado, como hoy en día, un bien tangible símbolo de identidad, en muchos casos de poder, cargado de significado colectivo y como un expositor del pasado que corre riesgo de desaparecer.
La historia de los edificios es la de una constante de cambio, la evolución de las urbes repite hasta el cansancio la construcción y destrucción de sus formas. Las ciudades fagocitan y la historia de la arquitectura, la misma arquitectura que hoy es considerada como un patrimonio universal, está teñida por la destrucción de lo que antes allí estaba:

“Podríamos decirlo de este modo: el ser humano construye ciudades para luego destruirlas. Paradoja triste, que duele, porque en ese dolor radica el fracaso de la historia humana más visible hoy que nunca. Siempre transformable, pero siempre retornante, el pathos destructivo de la realidad humana se ensaña con sus más bellas construcciones. El ángel de la historia de Benjamin sólo alcanzaba a ver en el pasado “un paisaje de ruinas”. El oscuro protagonista dostoievskiano de Memorias del subsuelo, luego de admitir que el hombre propendía a construir ciudades, se preguntaba: “Pero, ¿por qué se desvive hasta la locura por el caos y la destrucción?” (15)

La historia de las civilizaciones y su cultura emergen de los procesos destructivos y constructivos, del poder y las confrontaciones, la ciudad es un organismo entrópico. Lewis Mumford define las ciudades con este tinte caótico: “Así, la más preciosa invención colectiva de la civilización, la ciudad, a la que sólo precede el lenguaje en la transmisión de cultura, se convirtió desde el principio en el receptáculo de destructoras fuerzas internas, orientadas hacia el constante exterminio.” (16)

Con una mirada un tanto más positiva, pero sin negar la realidad caótica de la historia y del presente de las ciudades, podemos afirmar que la cuestión patrimonial no siempre estuvo en conflicto, y que el paso del tiempo y los cambios suscitados no eran vistos con una cuota melancólica sino más bien como un medio de progreso. De hecho, la nuevas arquitecturas se yuxtaponían unas sobre otras con el afirmado intento de erradicar el mal gusto del pasado o mejorar las preexistencias. El Abad de Suger en la década de 1130 hizo destruir parte de la basílica carolingia que la tradición atribuía al rey Dagoberto para dar más esplendor al nuevo gótico santuario de Saint-Denis. También San Pedro de Roma fue demolido por Julio II y construida nuevamente logrando la actual Basílica intervenida por Bramante, Miguel Ángel y Bernini. En Francia muchas iglesias góticas fueron destruidas en los siglos XVII y XVIII para su “embellecimiento” y reemplazadas por edificios barrocos y clásicos. Ya en el siglo XIX París sufre cambios con la renovación de Haussmann, y muchos conjuntos de manzanas y edificios de la ciudad medieval son destruidos o modificados para la construcción de este nuevo urbanismo.

“Edificios o artefactos rechazados en el momento de su confrontación por atentar contra el buen gusto y las leyes tradicionales de formación de la ciudad, luego han sido objeto de consideración no solo por la intelectualidad arquitectónica, sino también por la población.” (17) Choay nos brinda varios ejemplos como la Torre Eiffel, que hoy en día no podríamos imaginar París sin ella y en su momento casi fue destruida, y el edificio de viviendas de Adolf Loos en Michaelerplatz, que no solo corrió riesgo de desaparición, sino que además había sido suspendida su construcción por la polémica que desató en la opinión pública de Viena (18).

Paris (panorámica original). Davis Bushell

Las ciudades se enriquecen de este collage histórico, el lugar se vuelve característico y es allí donde brilla su belleza: “La seducción de una ciudad como París proviene de la diversidad estilística de sus arquitecturas y de sus espacios. Éstos no deben ser inmovilizados por una conservación intransigente sino continuada: de ahí la pirámide del Louvre.” (19)

El patrimonio está en construcción constante, pero no tiene un crecimiento exponencial si consideramos que no es totalmente acumulativo: la ciudad muta, se yuxtapone, se destruye, crece, se conserva y se modifica. El patrimonio aumenta pero a la vez se reinventa, y en el peor de los casos se elimina (20).

Taxidermia vs. Resistencia: La museificación como un instrumento más de ataque al Patrimonio, la adaptación como Resistencia a los cambios de la Ciudad

¿Cómo equilibrar la necesidad de renovación y la defensa de la memoria? ¿Cambiar es olvidar y disecar es proteger? Estamos ante un proceso de crecimiento de la ciudad que conlleva cambios en las formas de habitar, de vivir la arquitectura. Muchos edificios antiguos, por cuestiones más que evidentes, no se adaptan a estos nuevos modos de vida. Estos edificios, que presentan un valor inconmensurable para el patrimonio cultural, deben ser intervenidos, renovados, aireados para su prolongación de vida, siempre respetando lo construido, haciéndolo valer. Claro está que esta postura, a la cual me adhiero, es polémica para los estratos más conservadores y fundamentalistas del patrimonio que no conciben la intervención como un medio de restauración, sino como un medio de destrucción. Esto se debe a la ambigüedad del concepto de respetar pero intervenir, que puede devenir en infinidades de soluciones que claramente podrían brindar las mutaciones más irrisorias para algunos, y la experiencia así lo ha demostrado.

Del mismo modo que el temor por la destrucción del patrimonio proviene de la demolición del mismo o su intervención irrespetuosa, podemos desconfiar de la taxidermia de la arquitectura como medio para su conservación. Rem Koolhaas, quien es visto públicamente como un descontextualizador por la mayoría de las asociaciones proteccionistas, sostiene:

“No se reflexiona sobre la manera en la que se busca detener el paso del tiempo, cómo lo que se preserva puede permanecer vivo a la vez que evoluciona. Salvo por razones de imposibilidad financiera, hay que dejar de embalsamar las ciudades, monumentos o partes enteras del mundo. Hace falta creatividad, dar libertad a la imaginación.”(21)

No se está planteando que se destruya el patrimonio, ni que se debe priorizar al nuevo arquitecto ávido de nuevas oportunidades para expresar su imaginario creativo. Se está poniendo en duda la capacidad de permanencia en el tiempo de la arquitectura del pasado si no se reinserta en la ciudad actual.
Aquí aparece la cuestión de la museificación, la transformación del patrimonio arquitectónico como un bien de colección para ser visto y admirado. Su intervención genera el temor de que se puedan destruir las frágiles hojas de su libro de conocimientos. Es que el patrimonio presenta una cualidad única, que ya no se limita a una cuestión de la permanencia de una imagen del pasado en el presente: el poder de transmisión de un saber.

Vuelvo al Aleph de Borges: “Cambiará el universo, pero yo no, pensé con melancólica vanidad”. La erosión de los años es el trágico final de la arquitectura que queremos proteger si no planteamos su adaptación a los nuevos usos de la ciudad contemporánea, imponiendo su cuidado ante todas las cosas. Seamos melancólicos pero no vanidosos, no existe tal cosa como la inmortalidad.

 


 

Notas al pie

1. Borges, Jorge Luis, (2003) El Aleph, p. 189, Buenos Aires: Ed. Alianza. Publicado originalmente en 1949.

2. De Gracia, Francisco, (1992), Construir en lo construido, p. 17, Hondarribia: Ed. Nerea

3. Arias Incollá, M. de las Nieves, (2012, Agosto), Laboratorio de Ideas del Siglo XXI, Revista de Arquitectura SCA. Patrimonio: Prohibido No Tocar, 246, 50-53.

4. Este concepto debe ser ampliado teniendo en cuenta el poder de la imagen en la publicidad turística, que influye también en la elaboración de la imagen propia que los ciudadanos tienen de la ciudad que habitan. Por ejemplo, una persona puede no haber estado nunca en San Telmo y vivir en la Ciudad de Buenos Aires, y de todas formas incorporar al imaginario de la ciudad las características del centro histórico.

5. Lynch, Kevin, (1984), La imagen de la ciudad, p. 15, Barcelona: Ed. Gustavo Gili.

6. Lynch, Kevin, op. cit., p. 9

7. Choay Françoise, (2007), L ́Allégorie du patrimoine, p. 12, Barcelona: Ed. Gustavo Gili. Trabajo original publicado en 1992
8. El monumento, cuando es creado con tal fin, apela a la memoria, en la mayoría de los casos, a través del poder de la imagen, especialmente en los monumentos de la Arquitectura Clásica. Actualmente pueden evocar acontecimientos a través de la experiencia sensorial, como es el caso del Monumento a los Judíos en Berlín de Peter Eisenman.

9. “Hay otras influencias que actúan sobre la imaginabilidad, como el significado social de una zona, su función, su historia e incluso su nombre” en Lynch, Kevin, op. cit., p. 61
10. “[…] a estos lugares cuyas concepciones se avienen con la nuestras y las legitiman, tendemos a honrarlos otorgándoles el término de hogar.” En De Botton, Alain, (2008), Arquitectura de la felicidad, p. 117, Barcelona: Ed. Lumen.

11. Lynch, Kevin, op. cit., p. 13
12. Refiere al proceso histórico de construcción de la Manzana de las Luces de la Ciudad de Buenos Aires, en Arias Incollá, M. de las Nieves, op. cit., p. 51.
13. Desde un punto de vista conservador, las debilidades son los cambios en la imagen de la ciudad relacionada al patrimonio arquitectónico, que generan inseguridad emotiva y temor a que puedan producirse variaciones en las imágenes cotidianas que pueden devenir en la destrucción de identidad. Considero estas debilidades positivas desde la intervención del patrimonio para su conservación y uso.
14. Blanco, Carlos A., (2012, Agosto), La irrupción del patrimonio plebeyo, Revista de Arquitectura SCA. Patrimonio: Prohibido No Tocar, 246, 128-129.

15. Feinmann, José Pablo, (2011, 28 de agosto), De la construcción y destrucción de las ciudades, Página 12, Contratapa, recuperado el 20 de junio de 2014, de: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/ 13-175501-2011-08-28.html
16. Mumford, Lewis, (1961), La ciudad en la historia, Extraído el 2 de junio de 2014 de: http://es.scribd.com/doc/178971094/La-Ciudad-en-La-Historia-Lewis-Mumford

17. De Gracia, Francisco, (1992), Construir en lo construido, p. 72, Hondarribia: Ed. Nerea
18. “Puede decirse en todo caso, que los objetos en general, y los monumentos en particular, son valorados históricamente aun cuando en origen pudieran haber sido parcial totalmente rechazados.” en De Gracia, Francisco, op. cit., p. 72.
19. Choay Françoise, (2007), L ́Allégorie du patrimoine, p. 72, Barcelona: Ed. Gustavo Gili. Trabajo original publicado en 1992
20. El patrimonio tangible no puede ser meramente acumulativo, a diferencia del intangible. No existe forma posible de construir y no edificar sobre lo construido. Actualmente la protección del patrimonio permite salvarlo de su depredación, pero la historia de la ciudad y su desarrollo hubiera sido imposible sin la reedificación de su centro histórico, el cual hoy es protegido.

21. Koohass, Rem, (2010, 20 de septiembre), Dejemos de embalsamar las ciudades, Suplemento de Arquitectura, Diario Clarín, recuperado el 24 de junio de 2014 de: http://arq.clarin.com/Dejemos-embalsamar- ciudades_0_339566058.html?print=1


 

Dibujos de Cheism, David Bushell, Jenny SniderCh’ng Kiah Kiean y Adhemar Orellana Rioja.