Buckminster Fuller, el último generalista

Lo podes leer en 8 minutos.

16028726760_a92287ac49_o
Buckminster Fuller en la Fundación Windstar. Fotografía de Nick DeWolf.

Aunque nunca fue arquitecto, Buckminster Fuller encontró entre los arquitectos de la época el espacio adecuado donde difundir sus ideas. Sus trabajos atravesaron áreas tan diversas como ingeniería, ciencia, matemática y cartografía, por eso prefería presentarse a sí mismo como generalista.

La búsqueda de la eficiencia y la confianza en la tecnología como único medio para mejorar la calidad de vida de las personas, delinearon cada uno de sus proyectos. Diseñó prototipos de vivienda y de vehículos, patentó numerosas creaciones, escribió más de una decena de libros y dedicó los últimos años de su vida a dar conferencias alrededor del mundo para divulgar sus experimentos —conferencias que según se dice, podían durar hasta ocho horas—.

Excéntrico por donde se lo mire, este es un breve repaso por la historia de un hombre que para sobreponerse al peor momento de su vida puso su mente al servicio de la humanidad.

Bucky Fuller venía de una familia adinerada de Massachusetts. Sin embargo con sólo veinte años y tras ser echado dos veces de la Universidad de Harvard, se vió forzado a mudarse a Canadá y trabajar de mecánico en una fábrica textil. Se casó muy joven con Anne Hawlet, estudiante de arte, y se enlistó en la Marina Norteamericana durante la Primer Guerra Mundial.

Algunos meses después de terminar el servicio, ocurrió el acontecimiento que marcaría el resto de su vida: su hija Alexandra de sólo 4 años murió de influenza. Afectado profundamente Buckminster cayó en una fuerte depresión. Por meses permaneció desempleado y sin dinero, culpándose a sí mismo por no haber podido evitarlo.

Eventualmente empezó a trabajar con su suegro en una empresa constructora que promovía el “Stockade Building System”, un sistema de construcción a base de bloques de cemento y viruta de madera comprimida. Pero su destino se había torcido para siempre. Como asistente de ventas, pasaba grandes períodos de tiempo en la ruta y desarrolló cierta afición por la bebida. Cuando cinco años más tarde la empresa quebró, el punto más bajo de su vida había llegado.

Varias décadas después un Buckminster ya mayor narraría la forma en que transitaba desesperado las orillas del Lago Michigan pensando en arrojarse, convencido que su seguro de vida sería más valioso para su familia de lo que él mismo era. Pero algo sucedió: tuvo una especie de visión a partir de la cual se convenció de que su vida no le pertenecía él, sino que formaba parte de un plan mayor y que no tenía derecho a eliminarse. En lugar de ello, se encerró a trabajar.

Estuvo un año entero negándose a hablar con nadie, inclusive con su mujer. Leía libros y revistas de diversas disciplinas y escribía y dibujaba compulsivamente. Admitiendo que la enfermedad de su hija había sido producto de las condiciones insalubres del alojamiento de la época, comenzó a trabajar en el campo de la construcción ideando sistemas de mejora para las viviendas. Con una preocupación muy temprana sobre la futura escasez de los recursos naturales se concentró en la sostenibilidad y la eficacia de los procesos, anticipándose por décadas a los movimientos ecologistas.

Emergiendo lentamente del silencio resolvió promover los artefactos surgidos de ese año de investigación. Dymaxion, es el nombre que le dio a los proyectos que surgieron tras el aislamiento, un término acuñado por el publicista Waldo Warren al unir las palabras Dynamic, Maximum y Tension.

Así, en 1932 publicó la versión oficial de la “Casa Dymaxion”, una vivienda unifamiliar de planta hexagonal que podía estar desconectada de toda infraestructura gracias a sus propios sistemas de generación de energía, tratamiento de residuos y calefacción. Estaba construida en aluminio, un material que era relativamente costoso pero aseguraba la posibilidad de producirse en masa, transportarse y desmontarse si era necesario. Aunque el proyecto llamó la atención, las ideas de Buckminster eran tan radicales para su tiempo que nunca se construyó.

No corrió mejor suerte el auto Dimaxyon, ideado como “el medio de transporte colectivo del futuro” allá por 1933. El vehículo, que tenía la capacidad de llevar hasta 11 pasajeros, contaba con tres ruedas pivotantes (dos delanteras y una trasera) y era muy eficiente y aerodinámico. Llegaron a realizarse tres unidades del prototipo. Sin embargo su delicada estabilidad quedó en evidencia cuando durante su presentación en la Exposición Universal de Chicago, el automóvil volcó y su conductor murió. Si bien Fuller culpó del trágico accidente a otro coche existente en el salón de exposiciones, la popularidad del Dymaxion cayó en picada.

Pero Bucky era un hombre tenaz y no creía en el fracaso:“¿Fracaso? Fracaso es una palabra inventada por el hombre, no existe tal cosa como el fracaso en la naturaleza”, le contestó a un periodista que cuestionó la efectividad de sus proyectos.

La casa Wichita después de la segunda Guerra Mundial, fue la propuesta de Fuller para mejorar el prototipo Dymaxion. En esta nueva versión, también construida íntegramente de aluminio, la planta hexagonal fue sustituida por una redonda y un gran ventilador situado en la cubierta permitía la circulación natural del aire, además de eliminar el polvo y olores que se pudieran generar en el interior.

Para los servicios, Fuller patentó un nuevo producto: El baño Dymaxion, construido enteramente en metal y con puntas redondeadas para facilitar su limpieza. Toda la instalación fue diseñada de manera que consuma la menor cantidad de recursos posibles. Estaba compuesto por una ducha que funcionaba mediante un sistema a vapor, que permitía la higiene diaria de una familia de cuatro personas con sólo un litro de agua. El inodoro por su parte utilizaba sólo treinta litro anuales, 400 veces menos que uno convencional.

El modelo de la casa estaba pensado para que su producción en serie fuese lo más rápida y económica posible, posibilitando que sea pagada cómodamente en un período de cinco años. La instalación se hacía en un plazo de dos días y no requería préstamo para la construcción. Para ese entonces las propuestas de Fuller no sólo llamaban la atención sino que inspiraban respeto, pero la gran inversión necesaria para llevar a cabo la producción en serie, el comienzo de la Guerra Fría y el propio Fuller que prefería dedicarse a la investigación en lugar de convertirse en un hombre de negocios, supusieron el fracaso de la ejecución del prototipo.

El reconocimiento a nivel mundial vino de la mano de la Cúpula Geodésica, un sistema geométrico que permitía cubrir el máximo espacio con el mínimo material. Aunque se construyeron varias alrededor del mundo, probablemente la más prestigiosa fue la Sede del Pabellón Americano de la Feria Mundial de Montreal: una cúpula de 76 metros de diámetro y 62 de alto formada por una estructura de barras de acero que actualmente forma parte de la Biosphere, un museo del ministerio de Canadá dedicado al agua y al medio ambiente.

Sunset_at_Jean-Drapeau-2
Biosphere, Museo del Medio Ambiente. Montreal, Canadá.

Fuller renegaba de los especialistas. Creía errónea la compartimentación excesiva del conocimiento y proponía planteamientos integrales para abordar los problemas que ya en aquel momento enfrentaba la humanidad. Algunos de sus proyectos a escala mundial, incluyeron la propuesta de un plan de desarrollo para los países pobres y la voluntad de constituir un gobierno mundial federativo en el que se disolvieran los estados nacionales y se estableciera una única administración para todo el planeta.

Para la década del ’60 su popularidad había aumentado tanto, que apareció en la tapa de la revista Time. Entre sus declaraciones, sostuvo que podía vivir normalmente durmiendo sólo dos horas diarias repartidas en pequeñas siestas de treinta minutos cada seis horas. Según había estudiado, una persona tiene un primer almacenaje de energía que se completa rápidamente y una segunda reserva que tarda más en recuperarse. Por eso, podría vivir perfectamente durmiendo sólo un poco cuando llega ese primer momento de fatiga. Fuller había mantenido esa conducta por dos años, pero a la larga tuvo que abandonarla porque entraba en conflicto con el resto del mundo. Otra de sus excentricidades consistía en llevar un diario en el que documentaba su vida cada 15 minutos. Llevó ese registro —al que llamó Dymaxion Chronofile— desde 1920 hasta 1983 y en el mismo archivó toda clase de documentos relacionados a su persona: copias de sus cuentas, notas, dibujos y recortes del diario. Hoy su diario se encuentra en el archivo de la Universidad de Standford.

Aunque la mayoría de sus ideas no fueron llevadas a la industria, la vida de Buckminster Fuller fue prolífera en muchos sentidos. Como gran comunicador, escribió decenas de libros, acuñó numerosos términos y dictó conferencias a lo largo y ancho del globo.

Una última extraña historia marca el final de su vida. De visita en el hospital, mientras tomaba la mano de su esposa recientemente operada de cáncer exclamó: ¡Anne está apretando mi mano! En ese momento se levantó y sufrió un ataque cardíaco que le produjo la muerte. Su esposa nunca se despertó del coma y murió sólo 36 horas después que el.

Actualmente, el Instituto Buckminster Fuller es el responsable de difundir su legado intelectual. Entre sus programas se encuentra el Fuller Challenge, una convocatoria anual dirigida a científicos, estudiantes, diseñadores, arquitectos, artistas o activistas de cualquier tipo y parte del mundo, con el fin de presentar una solución innovadora a algún problema de la humanidad. El premio consiste en $ 100.000 para desarrollar el proyecto. Para más información, visiten la página oficial: bfi.org/challenge

Gracias a Nick DeWolf Photo Archive.
Descubrí más en su Flickr!

Para realizar esta nota leímos:

“Buckminster Fuller” de Martin Pawley. Trefoil Publications. London, 1990.

“Home Delivery: Fabricating the Modern Dwelling” de Barry Bergdoll y Peter Christensen. MoMa Nueva York, 2008