Buenos Aires: ¿Dónde está Salamone?

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Portal del Cementerio de Saldungaray. Fotografía de Angie Figueredo.

El auto iba repleto. Digamos que: cinco personas con sus respectivas mochilas y bolsas de dormir, dos carpas y el abrigo apropiado para pasar un fin de semana largo de junio recorriendo el sur de la provincia de Buenos Aires, ocupan mucho espacio en un Volkswagen Gol.

La idea es seguirle el rastro a Francisco Salamone, el arquitecto ítalo-argentino que en la década del 30 y en menos de 4 años, construyó alrededor de 60 obras en la provincia. A partir de una proposición de Manuel Fresco, el gobernador de ese entonces, y con el objetivo de fomentar el crecimiento de pequeñas ciudades y pueblos del interior, Salamone construyó en la pampa tres tipos de instituciones de alto contenido simbólico: municipalidades, mataderos y cementerios.

El itinerario de viaje incluye Villa Epecuén, o lo que queda de esta villa que en 1985 quedó completamente sumergida bajo la laguna tras la ruptura del terraplén de contención que la protegía. Diez años después el agua comenzó a bajar y hoy, ha dejado a la vista una ciudad completamente en ruinas.

Aunque acordamos salir a las 7, ya eran las 9 de la noche cuando nos encontramos los cinco: Angie, Maru, Maia, Ema y yo. Después de las compras previas propias a cualquier viaje (comida, cigarrillos, un mapa, nafta) emprendimos camino, y entre que nos perdimos y todo, llegamos a Azul a las 2 a. m. con frío y sueño.

Azul

La mañana empieza bien, con café con leche y medialunas en el Hotel Blue. Sí, Blue. Parece que llegar al cementerio, el primer edificio que vamos a visitar, es sencillo: “Vayan derecho por la calle Necochea, lo van a reconocer”, nos indica el conserje.

Efectivamente, imposible no hacerlo. En una esquina aparece ante nosotros el conjunto de esculturas de unos 20 metros de altura que conforman el portal del cementerio. La sigla RIP en granito color negro, se recorta con claridad entre el resto de lo construido. Me sorprende, no sólo lo monumental de la obra sino lo literal del mensaje: Aquí se separa la ciudad de los vivos de la de los muertos.  Al frente, un ángel de rasgos facetados se yergue sosteniendo una gran espada. Parece ser el guardián de esta frontera. Todo es imponente.

Al mediodía nos dirigimos hacia el centro. En la plaza San Martín, Salamone diseñó las luminarias, una serie de bancos (con la misma lógica de planos facetados) y también el solado, conformado por líneas zigzagueantes blancas, negras y grises que van cambiando de dirección y convergen en un punto justo en el centro de la plaza, debajo de la fuente.

Después de pasar por el almacén para comprar pan y fiambre, salimos rumbo al ex Matadero Municipal. Para ello tenemos que alejarnos 2 km de la Ruta Nacional Número 3 por el viejo camino a Tandil. Cuando llegamos, nos sorprendemos al notar que el edificio fue pintado recientemente. Nos enteraríamos después que no está abandonado como suponíamos, sino que tras años en desuso, fue reabierto para que funcionara una cooperativa dedicada a la extracción y el procesamiento de la miel. Al igual que el portal del cementerio, el edificio es explícito: la torre del Matadero tiene la forma de la hoja de una cuchilla.

 

Laprida

Seguimos camino, y 150 km después llegamos a Laprida. Nos bajamos del auto en La Plaza Pedro Pereyra, frente a la Municipalidad. En el centro de la plaza, Salamone proyectó algo así como una fuente-macetero, un elemento único de formas geométricas claras que resalta entre la tupida de vegetación por la pureza de sus formas. Enfrente, la Municipalidad también es obra de Salamone y posee una torre más alta aún que el campanario de la Iglesia, dejando bien en claro el gran poder que concentraba el estado conservador de la Argentina en los años 30. Una curiosidad, la sombra de la torre del palacio municipal se dibuja en el solado de la plaza.

Para cuando nos dirigimos al cementero, ya se acerca el atardecer. Saliendo del casco urbano, comenzamos a verlo al final de una calle de árboles pelados. A medida que nos acercamos con el auto, vemos la cruz y al Cristo clavado en ella, más y más grande. Con 40 metros de altura, ésta es la cruz más alta de América del Sur. En su base una serie de conos apuntan al cielo.

Adentro, el cuidador nos permite subir por una pequeña escalera caracol ubicada detrás de portal, para sacar fotos desde la terraza. “Pueden sacarle foto a todo lo que quieran, menos a los cadáveres que vean en las fosas”. Bueno, subimos de todas formas. Desde acá se ve bien cómo es la cosa: la arquitectura de Salamone nada tiene que ver con el contexto en que se encuentra. La enorme cruz se levanta haciéndole frente a una vastísima llanura.

Saldungaray

Ya es de noche cuando armamos la carpa en el camping de Saldungaray, bajo la mirada de una familia que desde su cálido motorhome, parece tenernos lástima. Es que está haciendo mucho frío. Sin embargo precisamente ahora, ese no es nuestro mayor problema. Tenemos hambre y no sabemos qué vamos a comer. Ya es tarde y los pocos comercios que hay en el pueblo están cerrados. Todo nos parece terrible hasta que el señor del motorhome se acerca: “Hice algo a la parrilla pero mi familia está inapetente, asique se los dejo”. Nos miramos, escépticos. “Miren que si no lo comen va a quedar toda la noche ahí” agrega, y dando media vuelta se mete en su vehículo dando por finalizada la conversación. No lo podemos creer, estamos salvados. Con el poco pan que nos quedó del almuerzo hicimos unos sánguches del asado más rico que hayamos comido. Y es que la hospitalidad tiene algo delicioso. A las doce, brindamos por el cumpleaños feliz de Angie, que parece empezar con buena suerte.

Nos despertamos al día siguiente para darnos cuenta que el lugar donde estábamos acampando es hermoso. Salimos a explorar y nos encontramos con el Río Sauce Grande a un par de metros de nuestra carpa y en el horizonte, las Sierras de Pillahuinco. Todo está calmo. Saldungaray, con sólo 1300 habitantes, es el pueblo más pequeño que vamos a visitar.

Después de bañarnos partimos al ex Matadero. Contrariamente al de Azul, este sí está completamente abandonado. Ventanas rotas, escombros, huesos, hacen del mismo un lugar por demás lúgubre.

Después de pasar por la Municipalidad -que tiene la particularidad de ubicarse en una esquina- nos vamos al cementerio que se encuentra en la entrada del pueblo. Como no podría ser diferente, el portal es enorme. En este caso se conforma por una rueda de 18 metros de diámetro revestida en el frente con cerámicas azules, dentro de la cual se ubica una cruz con la cabeza (y sólo la cabeza) de Cristo que sale de ella.

Tornquist

Día tres y salimos temprano, hoy hay mucho que recorrer. A la mañana pasamos por Tornquist. La plaza principal de esta ciudad es diferente a todas las otras por varias razones. Primero, ocupa no una, sino cuatro manzanas unificadas, siguiendo el proyecto de parquización que realizó Carlos Thays al ser contratado por el matrimonio Tornquist. Segundo, tiene un lago artificial construido para proveer el agua destinada al enfriamiento de los motores de la usina eléctrica localizada en las proximidades. El lago tiene peces y hasta patos, y está franqueado por puentes de hormigón que diseñó Salamone. Por último, la iglesia se ubica en medio de la plaza.

Carhué | Epecuén

Pasado el mediodía llegamos a Carhué. Dejamos las cosas rápidamente en el camping, porque teníamos que llegar a Epecuén antes de que anochezca. Encontrar el camino no fue fácil. Aunque recibimos varias directivas sólo sacamos en claro que había un tal camino viejo y uno nuevo, pero no cómo llegar a ninguno de los dos. Finalmente, dimos con un señor que tras preguntarle, nos contestó: “Cómo no voy a saber llegar a Epecuén si yo era de ahí”. Nos indicó cómo ir y se despidió pedaleando con un desolador: “Igual, no van a encontrar nada lindo ahí”.

Eso suponíamos. Epecuén era un destino turístico termal en pleno creciemiento, ubicado en el borde de la laguna. Una mañana de 1985, el muro que encerraba las aguas donde los turistas tomaban baños lúdicos o terapéuticos cedió, y tan sólo 15 días después toda la Villa estaba sumida bajo las aguas. Los lugareños debieron dejar atrás sus hogares y pertenencias y migrar forzosamente. Muchos se establecieron en Carhué, donde rehicieron sus vidas como pudieron.

Después de transitar un par de kilómetros por un camino en mal estado, reconocimos lo que en algún momento había sido la estación de tren de Epecuén. Dejamos el auto y nos ponemos a caminar. No importa hacia donde se mire, el paisaje es el mismo: paredes caídas y acumulación de escombros. Increíblemente, algún que otro marco de puerta de madera todavía se mantiene erguido. Los árboles siguen de pie, pero quedaron blancos debido al salitre del agua. Todo ha quedado devastado. Hacia el sur, donde el agua todavía no se ha retirado del todo, se distinguen los trampolines de lo que fue el Complejo de Piletas Municipal.

Los turistas se concentran en las calles principales, sin embargo hay calles solitarias donde es posible vagar por las ruinas imaginando como era Epecuén antes de la catástrofe. Mientras recorremos anochece. Hoy la luna está llena.

Guaminí

Último día y antes de salir de Carhué vamos a la Municipalidad. Apuramos los mates en la plaza porque queremos pasar por Guaminí.
En la ruta de entrada a la ciudad, reconocemos el Matadero un segundo antes de pasarlo de largo. La geometría de sus formas y la altura casi desproporcionada de la torre con respecto al resto del edificio, lo delatan. La puerta está abierta y entramos. Aunque todo está deteriorado pueden verse los azulejos que revestían los locales y los rieles para el ganado colgar del techo. Evidentemente, para la época en que fueron construidos, los mataderos se han alzado como símbolos orgullosos de la pujante industria ganadera mecanizada.

Almorzamos en la plaza, frente a la Municipalidad, otra obra memorable de Salamone. Era la hora de la siesta y no creo recordar haber visto una sola persona caminando por los alrededores. Terminamos las empanadas y nos subimos al auto para volver a casa.

El viaje fue fantástico, y sin embargo después de cuatro días en movimiento la mayoría de las imágenes que me quedan son sombrías: el paisaje agreste de la provincia en invierno, el silencio y la quietud de los lugares recónditos de la pampa, la postal de la tragedia de pueblo y el legado arquitectónico de un hombre enigmático, que parece haber construido para conquistar la inmortalidad.