Cada cosa en su lugar

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Rincón 1 – Nicolás De Caro

Habitar es nuestra forma de ser en el espacio. Siempre es un modo personal relacionado a nuestro sentir y percibir el mundo y, si tuviéramos que ser estrictamente fenomenológicos, es totalmente subjetivo y único. De todos modos, tal y como indica en su análisis sobre lo cotidiano De Certeau, hay ciertas constantes que se reconocen por el hecho de vivir en sociedad, de pertenecer a un determinado grupo o cultura. Naturalmente estos modos van cambiando a lo largo del tiempo por diversas razones cómo puede ser intercambios culturales, avances tecnológicos, condicionamientos del ambiente natural, etc.

En general este habitar se da a través de cosas, elementos cotidianos y no tanto que distribuimos a nuestro alrededor como una extensión de nuestro ser y nuestro hacer. Es a través de las cosas que le damos sentido y determinamos el uso de la mayoría de los lugares.  Estas cosas también cambiaron en forma, cantidades y usos con el tiempo. Así, dónde antes solo teníamos un horno y una heladera ahora tenemos microondas, tostadora, pava eléctrica y más, o la televisión que antes necesitaba de un espacio mayor se ha ido angostando hasta mimetizarse con los muros.

Sin embargo estos cambios no parecen estar manifestándose en lo modos de pensar la vivienda por lo que hoy en día tenemos una cantidad abrumadora de cosas que no encuentran su lugar en la arquitectura, en especial en la arquitectura masiva, me refiero con esto a un gran número de casas y en especial departamentos, que se construyen y diseñan actualmente.

Parte de esta forma de producción tiene raíz en el predominio de la imagen por sobre otros aspectos, fenómeno que se da en varios ámbitos ya sea en la formación académica, el marketing o las redes sociales de uso cotidiano. Por ejemplo: tomemos una imagen de alguna red social como Instagram o Pinterest, un baño, por ejemplo, es hermoso visualmente; Blanco, una mesada de terminaciones impecables, una canilla de alta gama, una toalla enrollada y una vela aromática. Imaginémonos ahora, tratando de desarrollar cualquiera de las actividades qué hacemos en el baño, las cosas que necesitamos para ello: cepillo y pasta de dientes, peine, secador de pelo, afeitadora, planchita, jabón, botiquín con remedios, algodón, quita esmalte, maquillajes varios, etc. ¿Qué tanto queda de esa imagen primera? ¿Qué tan habitables son esas imágenes? Con esto no estoy indicando que la imagen sea mala sino que no contempla las acciones más cotidianas. ¡Qué lindo sería un baño con esa misma sensación y donde todas las “cosas de baño” tuvieran lugar!

Un segundo tema a resolver son los lugares de guardado, tema sobre-hablado pero olvidado en la práctica, reducidos en la gran mayoría de los departamentos, al bajo mesada y un placard en la habitación que pocas veces alcanzan para los volúmenes de cosas que solemos manejar. Pocos arquitectos a la hora de proyectar una vivienda recuerdan elementos  como el changuito de los mandados, el pino de navidad, la aspiradora, un ventilador de pie, esa cosa que algún día se mandará a arreglar, las cajas con fotos y recuerdos entre otras más que seguro se me olvidan. Así se podría ir recorriendo la casa y las cosas para encontrar sus distintos lugares faltantes.

Otro culpable de la incomodidad de las cosas sin sitio, es el libro ABC-del-arquitecto Neufert un compendio de medidas que nos presentan en los primeros años de formación y que debemos acatar como verdad absoluta. Para quienes no lo conocen “Arte de proyectar en arquitectura” comúnmente llamado Neufert en honor a su autor , es un libro de 1936 que enumera y desarrolla un montón de medidas mínimas basadas en acciones cotidianas. Si bien es un libro muy útil, muchas veces es tomado como norma sin darle una segunda vista para repensar aspectos relacionados a los usuarios y los modos contemporáneos de habitar. Sinceramente creo que merece al menos una revisión y una chance para nosotros arquitectos y diseñadores de repensar(nos).

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Rincón 2 – Nicolás De Caro

 

En el habitar cotidiano no solo disponemos de objetos utilitarios que queremos más o menos esconder o que necesitamos tener a mano para utilizarlos, también nos rodeamos de objetos que tiene cierto valor afectivo o estético y mediante los cuales armamos un microuniverso que separa lo nuestro de lo otro. En palabras de Iñaki Ávalos “El sujeto fenoménico se rodea de colecciones de objetos de afecto que constituyen el levantamiento notarial, la memoria de su actividad. Pero lo constituyen a través de su propio desorden y desjerarquización, en alguna medida a través de objetos organizados también en una forma de laberinto, que sería así reproducción u homotecia de la casa; una organización individual, laberíntica a través de la cual se apropiaría el habitante del espacio.”

Es así que también hay que tener en cuenta estas cosas, las cosas afectivas, tanto aquellas que queremos guardar para el recuerdo, cómo aquellas que queremos exhibir para sentir el lugar en que vivimos como nuestro.

Si bien yo soy una fiel amante de los rincones-nicho, esos pequeños lugares en los muros que permiten la apropiación y la distinción de un algo sobre el resto, comprendo que no todo debe estar contenido dentro de los elementos de la arquitectura propiamente dicho, también hay que considerar el espacio para aquellos objetos muebles que cumplen la función de guardar y/o exhibir nuestras cosas y que completan el mapa sensorial y visual de cómo esa casa es nuestra casa y no un lugar cualquiera.

“Los objetos pondrán de relieve el carácter individual íntimo y casi infantil de la casa: baúles, cofres, armarios, cajas, llaves, habitarán y colonizarán su espacio. Se trata de una descomposición escalar que rompe con todo sistema jerarquizado de concebir la vivienda, (…) y que implica por tanto una difícil línea de diferenciación entre la construcción y la ocupación de la casa”  Iñaki Ábalos, La buena vida.

Concluyendo creo que en los ámbitos académicos, y por lo tantos en la vida profesional, se nos enseñan a los arquitectos a estar atentos a cuestiones formales, materiales y técnicas de las cuales resultan edificios muy interesantes; pero que lo relativo a lo que comúnmente se llama función ha quedado reducido a pensar la circulación en espacios más o menos vacíos y en aplicar ciertas reglas comprendidas en el Neufert sin siquiera repensarlas. Muchas veces se tienen en cuenta algunos objetos básicos como sillón, mesa y cama pero se olvida que en los modos propios de habitar disponemos de muchos otros objetos grandes y chicos que al quererlos ubicar no tienen espacio.

La función habla del uso de los lugares, por lo que habría que estar atento entonces a los usuarios, a sus modos de habitar tales lugares, a qué cosas utiliza, cómo se disponen, qué necesita ser visto y qué no. Creo deber del arquitecto no solo interesarse en las formas materiales, su composición y su imagen resultante, sino en su uso sincerado, con las costumbres propias de la vida contemporánea.

Me gustaría dejar a modo de final abierto esta frase de Michel De Certeau que figura en la introducción a su investigación y que considero que los arquitectos y estudiantes deberíamos tener en cuenta al iniciar el proceso de diseño: “Para leer y escribir la cultura ordinaria, hay que reaprender operaciones comunes y hacer del análisis una variante del objeto”.

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Rincón 3 – Nicolás De Caro

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