Descubriendo Chiloé

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Palafitos en la costa de Castro

En el límite

Menos mal que no actualizaron el cuadro en el puesto de control argentino”, pensaba mientras entregaba mis documentos al oficial de la aduana. Detrás suyo colgaba, a la vista de todos en la habitación, un cuadro de Michelle Bachelet ostentando la banda y bastón presidencial.

Fui a parar a Chile casi por accidente… bah, las circunstancias fueron imprevistas pero ciertamente no accidentales. Había planeado unas vacaciones de dos semanas tranquilas y solitarias en el Parque Nacional Los Alerces (Chubut), sin amigos, ni noticias, ni arquitectura, ni nada. Pero una disputa política por parte del territorio del parque le dio pie a algún (¿podréinsultarenestarevista?) a iniciar un incendio. Así que así sin más, luego de pasar tres días ahí me evacuaron y me depositaron en Esquel, sin nada que hacer y con mucho tiempo disponible. Fue en esas circunstancias que me decidí, casi por impulso, a aventurarme tras la cordillera.

Eventualmente llegué a la frontera chilena, sin saber que me esperaba del otro lado. La ruta que cruzaba el límite iba únicamente al pueblo de Futaleufú, el centro urbano más cercano… así que hacia allí me dirigí.

Futaleufú

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Plaza central de Futaleufú.

Un aventón, un par de mates y una bolsa de bizcochos más tarde, me encontraba en la plaza central de Futaleufú. Un pueblo que debe tener un radio máximo de 10 cuadras, rodeado de un paisaje increíble, enclaustrado entre cerros verdes y frondosos. Pero más que el entorno, lo que primero captó mi atención fue el distinguido estilo arquitectónico del poblado, que nada tenía que ver con lo que venía viendo del lado argentino. Las construcciones, en su gran mayoría viviendas (más algún que otro edificio público), estaban construidas íntegramente en madera, lo que le daba al pueblo un aspecto muy rústico y acogedor. Las casas por lo general tenían una morfología similar, pero con las suficientes variantes como para lograr distinguirse la una de otra y generar un paisaje urbano heterónomo y atractivo. Entre  sus características determinantes, había una que se destacaba por sobre las otras: el revestimiento, que como una piel de escamas de madera envolvía  las viviendas. Lo sorprendente no era la tecnología en sí, sino la variedad de diseños que lograban conseguir jugando con los recortes y solapados de las tejuelas. Cada casa tenía una piel única, con formas, encastres y colores diferentes. En general, la proporción de llenos y vacíos resultaba en favor de la primera, y casi siempre se hallaban despegadas del suelo uno o dos escalones.  Por dentro, solían ser ambientes oscuros, con pisos de madera viejos y quejosos. Desde las ventanas-entes solitarios entre el manto de oscuridad interior- se infiltraban haces de luz que creaban hermosos rincones, ideales para contemplar el paisaje o leer un libro.

Castro

CHILOE
Palafitos en la costa de Castro

Me fuí de Futaleufú a la mañana siguiente. Decidí partir luego de recorrer las veinte cuadras del pueblo por duodécima vez. Ya que estaba, podría haber intentado llegar a la trigésima vuelta, pero mi sanidad mental hubiese peligrado en el proceso. Partí rumbo a Chiloé en el primer bus (bondi, en chileno) de la madrugada. No era mucho lo que sabía de Chiloé, más que su popularidad entre los turistas y el hecho de que es una isla (a decir verdad, era el único destino del que había oído hablar). Además, la mayoría de los turistas fluía en esa dirección, así que simplemente me dejé arrastrar por la corriente.

Hicieron falta dos buses y un viaje en barco (esta se traduce igual) para llegar a Castro, la capital de Chiloé. Pero fue incluso antes de llegar que me encontré una vez más con esa arquitectura que creía haber dejado en Futaleufú… en la ruta me hallé ante un desfile de pintorescas cabañas de madera, de colores adorables, lo suficientemente desprolijas como para parecer hogares habitados y queridos por sus dueños. Para cuando me bajé en Castro ya comprendía que esta arquitectura era regional, y no específicamente de Futaleufú como creí en un principio. Fue así que me propuse recorrer la ciudad ansioso por nutrir mis ojos con esos diseños exóticos y coloridos. Pero primero lo primero: tenía que buscar una cama donde pasar la noche. Y fue justamente camino al hostel que conocí una de las maravillosas características que hacen de Chiloé un lugar tan particular: en Chiloé llueve.  Osea, en Chiloé llueve… todo el tiempo.

Recién en el quinto hostel encontré cama. Para ese entonces ya estaba resignado, malhumorado y desde ya, empapado. Luego de asentarme, secarme un poco la ropa y el mal humor, me dispuse a socializar con la gente del lugar. Entre ellos, había un simpático estudiante de arquitectura chileno quien, luego de saberme colega, se mostró curioso respecto de mi formación. Sobre todo le interesaba saber de la UBA. En Chile no existen las universidades públicas y gratuitas, y los estudiantes (o sus padres) contraen enormes deudas para poder costear la universidad. Es un problema serio que atraviesa a todas las generaciones. Aproveché la oportunidad para preguntarle respecto de la arquitectura local, que tan curioso me tenía. Me explicó que por su condición geográfica, los españoles tardaron en asentarse en Chiloé, y cuando lo hicieron,  no fue en forma tan disruptiva, lo que  permitió la preservación de gran parte de la cultura de lo Chonos y Huilliches, quienes estaban instalados ahí previo a la llegada de los europeos. Aun cuando se asentaron los colonos, la tendencia para con los nativos fue la de integrarlos al cristianismo. Lo que no evitó la continuidad de muchas de sus tradiciones y mitologías. Esta amalgama de culturas fue uno de los principales factores que permitió el desarrollo de esta arquitectura tan peculiar, además de las condiciones climáticas y geo-morfológicas.

Tejuelas, palafitos, iglesias

Como ya se mencionó antes, una de las principales características de la arquitectura chilota (oriunda de Chiloé) es la de su íntegra materialización en madera. Solo los vidrios y esporádicos basamentos de piedra agregan variedad a la paleta de materiales. Este rasgo en particular denota explícitamente la naturaleza misma del territorio Chilote, archipiélago desbordante de especies arbóreas como el Raulí, el Pellín, el Coihue y el Alerce. Los constructores suelen favorecer la utilización de estas especies por su fortaleza mecánica y su resistencia ante las incesantes lluvias de la región. El conocimiento del material, y de las formas de trabajarlo fue otra de las tantas herencias de los Chonos, cultura dominantemente pesquera, expertos en la construcción de barcos (dalcas). Los carpinteros de los astilleros fueron quienes transmitieron estos conocimientos hasta el presente. Hoy en día, éstos cumplen un rol principal en la industria de la construcción local. 

Tejuelas

La tejuela es probablemente el elemento más icónico y reconocible de esta arquitectura, utilizada para revestir a prácticamente todas las construcciones de la isla, con patrones siempre cambiantes y refrescantes. La tejuela es una suerte de “lonja” de madera, que se consigue cortando bloques de madera en sentido paralelo a sus fibras. Las dimensiones de éstas varían, pero suelen rondar los 60 cm de alto, 20 cm de ancho y 1 cm de espesor. Sorprendentemente, de su altura total solo queda expuesta un tercio, lo que resulta en un área visible total de 20 x 20 cm. El encastre horizontal de las mismas suele ser de media tejuela, aunque los locales han sabido ponerse creativos para lograr resultados más interesantes. A la variante del encastre se le suma además la posibilidad de recortar los extremos visibles de las tejuelas, lo que amplía aún más el abanico de patrones logrables con esta tecnología. Antes de darme cuenta, me encontré coleccionando estos entramados con mi cámara, capturando todas las que se cruzaban en mi camino, discriminando entre las ya capturadas y las recién descubiertas. Fue un divertido juego que me dejó con un extenso catálogo de texturas… infinitas fotos que nadie, ni mi vieja, quiso ver cuando volví a casa.

Palafitos

En lo que respecta a las tipologías edilicias, hay dos que por su valor simbólico se destacan por sobre el resto: las iglesias misioneras y los palafitos. El arquitecto del hostel fue quien me reveló el significado de este curioso término que yo desconocía hasta ese entonces.

-¿Ia hai vito lo palafito?- Me preguntó.

-¿Lo qué?

Lo palafito weon!

Ah… ¿y eso?

Resulta ser que se le llama palafito a las viviendas elevadas sobre pilotes construidas en el bordemar (ver imagen de portada). Antiguamente eran casas precarias, construidas ilegalmente en “terrenos” no legislados. Con el pasar del tiempo y con un poquito de ayuda del siempre presente mercado inmobiliario sucedió, como suele suceder en estos casos, un lento y paulatino proceso de gentrificación, a tal punto que hoy en día se los considera chetos (término utilizado por el arquitecto emulando un acento porteño). Actualmente los palafitos son ícono arquitectónico en Chiloé, y muchos arquitectos chilenos contemporáneos los tienen como referentes. Incluso los rediseñan e intervienen, logrando resultados muy interesantes.

Iglesias misioneras

La iglesia misionera es la otra tipología arquitectónica de gran carga simbólica de Chiloé. A partir de la colonización la isla adoptó la religión cristiana, y fue en ese entonces que se erigieron iglesias por  todo el archipiélago. El resultado fue un conjunto de exquisitos templos estructurados en madera y revestidos en tejuelas. Los carpinteros navales lograron retorcer y contorsionar la madera de manera prolífica, logrando emular con ella las molduras de las iglesias europeas. Los resultados son nada menos que impresionantes. De las 16 iglesias (declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO) pude ver tan sólo dos. La primera, ubicada en el pueblo de Achao, es la más antigua aún en pie. Emplazada frente a la plaza del pueblo, la imagen era la de un edificio muy peculiar, como salido de una película de Tim Burton, hermosamente lúgubre y retorcido, recubierto en escamas negras. Por dentro, era un recinto cálido y acogedor, con originales imágenes religiosas (en madera por supuesto), donde una vez más, lo único que rompía el silencio era el chirrido de las maderas bajo mis pies.

La segunda fue la catedral de San Francisco de Castro, donde los carpinteros lograron llevar a la madera a contornos y figuras aún mas impresionantes. En este caso, lo que más impresiona es la escala del edificio y la resolución al detalle en madera. Por fuera, el edificio está recubierto en chapa pintada en amarillo, decisión que en mi opinión desmerece el edificio, sobre todo conociendo lo que alberga en su interior, donde todo es de madera: los pilares, las arcadas, las bóvedas de crucerío, las nervaduras, las “molduras”…. todo. Una exuberante catedral, cuyo mayor atributo se encuentra en los detalles y el ingenio de los carpinteros.

En gran medida, el aislamiento geográfico, las condiciones climáticas y la densa forestación de Chiloé fueron  los promotores de  esta cultura tan única. Desde su mitología, su gastronomía y hasta su arquitectura. Hoy en día, muchos de estos pilares fundacionales se ven amenazados por el avance del mercado inmobiliario sobre su territorio. La madera empieza a ser un recurso más escaso y caro, por lo que empezaron a aparecer viviendas con tejuelas de fibrocemento. La cultura de consumo, madre de los shoppings estilo “mall” ha llegado a la isla. En Castro, la catedral de San Francisco ha dejado de ser el edificio de mayor escala del poblado. Ha quedado relegada tras la aparición del Paseo de Castro, un mall monstruoso que en nada se adecúa al lugar. Su único gesto de adaptación a la cultura chilota, luego de reiteradas y multitudinarias quejas públicas en contra del proyecto, ha sido el de envolverse en una mentirosa piel de madera, en un vil intento de hermanarse con las construcciones vecinas. Tal es el asedio sobre Chiloé, que su mismísima condición de isla se ve amenazada. Un proyecto (ya en ejecución) busca anexar la isla al continente, operación a la cual se opone una gran parte del poblado del archipiélago. Ahora, si bien no pretendo  opinar sobre un asunto político tan específico como este, sí pretendo llamar a la reflexión sobre el destructivo avance del mercado inmobiliario sobre un patrimonio cultural tan valioso como el que descubrí en esa maravillosa isla. Creo que es nuestra responsabilidad como arquitectos (o estudiantes) concientizar a la gente sobre estas tendencias y denunciarlas. Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.