Río de Janeiro: Cidade maravilhosa

Lo podes leer en 14 minutos.

Atardecer desde el Pao de Azucar

Martín me despertó para decirme que llegamos. Con todo el sueño del mundo balbuceo unas palabras y me levanto para bajar del colectivo. Acaba de amanecer y está fresco. Buscamos los bolsos y ahí lo vimos: Un paisaje hermoso lleno de montañas y mar celeste.

Estamos en el muelle de Mangaratiba. En frente, en realidad. El lugar se llama Pingo de Ouro (Onza de Oro) y estamos acodados en la barra tomando unos cafezinhos ao leite y comiendo unos pães de queijo, que es una de las mejores cosas que tiene Brasil.
El bote a Ilha Grande sale en 5 minutos, apuramos el desayuno y nos subimos. El mar está calmo y la brisa se va poniendo tibia poco a poco. La barca –un catamarán para 650 personas- se mueve a velocidad constante.

La Villa do Abraão es un pueblito chiquitísimo de estilo colonial, donde no hay autos sino barcos. Tantos, que no aconsejan bañarse en la playa por los constantes derrames de nafta. Comenzamos a caminar las callecitas de arena y adoquines, siguiendo un croquis que hice antes de salir para saber dónde quedaba nuestra posada. No hay manera de perdernos, son 14 manzanas en total.
La encontramos en seguida. La posada tiene al frente un semicubierto donde sirven las comidas mientras se puede disfrutar del clima cálido de Brasil.
El comedor es un espacio totalmente abierto, sin paredes y con techo de tejas azules y transparentes por partes, para que entre mejor la luz. Tiene algunas mesitas dispuestas en fila, y una columna en el centro rodeada de frutas, distintos panes, fiambre y unos platos de comida casera riquísima.
Dejamos los bolsos y nos vamos porque justo antes de llegar a la posada habíamos visto unos carteles que anunciaban los tours del día. El que va a Lagoa Azul sale en 2 minutos. Lo alcanzamos justo.
El color del agua es un verde-azul increíble, la Lagoa Azul, es en realidad un lugar que se arma entre dos islitas cerca de la costa norte de Ilha Grande. No es una laguna literal, pero se siente así por la contención que le brindan los bloques de tierra que hacen que el agua sea muy mansa. Esperamos a que el barco anclase y nos tiramos de cabeza desde la cubierta.
La hora que teníamos ahí se pasó rapidísimo y el capitán nos llamó para que volvamos a embarcar. Un ratito después y estamos en Praia Japariz. La aldea es mínima, un puñado de casas y dos o tres lugares donde comer. Entramos y había feijoada, carne asada, arroz y varias verduras para hacer salada acompañamos con unas Itaipava y estamos listos para disfrutar de la playa, todavía nos queda media hora.
Volvimos a zarpar y luego de unos minutos llegamos a Freguesia de Santana, una playa chiquita donde sólo hay un par de casas, una iglesia colonial y una vista hermosa. La iglesia es la primera de la isla, en este momento está semi abandonada, y sólo abre sus puertas en el Día de Santana. En uno de los laterales hay pequeñas tumbas (dicen que de los sacerdotes), hechas de arena y aceite de ballena.

Me despierto por los truenos. Son las 2 de la mañana y una tormenta fuertísima azota la isla. 8 de la mañana y recién para de llover. En Buenos Aires estaríamos todos bajo el agua, pero acá no. Es una mañana de sol espectacular y las calles están apenas mojadas, una de las tantas ventajas de la falta de construcción de la isla es la cantidad de terreno absorbente que hay disponible para drenar el agua en estos casos.
Hoy vamos a Lopes Mendes. Cruzamos la isla completa a pie, subiendo por un lado del morro y bajando por el otro, atravesando toda la selva en el medio. Al llegar lo primero que veo es la arena, tan fina que parece mármol. Y el color del agua es, una vez más, increíble. Sentados en una rama, nos disponemos a comer unos sánguches. Siento ruido me doy vuelta y me encuentro cara a cara con un mono. En seguida cayeron sus amigos. Nos tuvimos que correr de lugar antes que la pandilla nos robara el almuerzo.

El tercer día arrancamos temprano. Nos vinimos a Rio. El viaje fue rápido y llegamos cerca de las 2 de la tarde. Una de las cosas que más me llama la atención, es la cantidad de conjuntos de vivienda social que hay en la ciudad. Entrando desde el oeste por la Av. Brasil es una manzana al lado de la otra de monoblocks de estilo racionalista, todos blancos, con grandes ventanales con forma de rectángulo redondeado que cruzan toda la fachada y dejan ver la estructura independiente que va por dentro de las viviendas. También hay favelas. Muchas. O una sola grande, no sé. Las favelas tienen métodos constructivos similares a las villas de Buenos Aires, ladrillos cerámicos a la vista, paredes en ángulos que se acomodan al espacio disponible en el suelo, y viviendas que van creciendo en altura o apilándose unas sobre otras sobre las laderas de los morros.

Llegamos al departamento y nos recibió Claudia, que se encargó de, entre otras cosas, explicarnos cómo es el tema del reciclaje, algo que los brasileros se toman muy en serio. Nos cuenta que a fines de 2006 comenzó en Rio de Janeiro un movimiento de conciencia medioambiental promovido por la municipalidad. Se emitieron también un par de decretos que establecen la separación de residuos reciclables producidos por agencias estatales y privadas directamente en su origen, algo que después se extenderá al ciudadano común y que hoy hace que la ciudad luzca realmente impecable.
Antes de salir de Buenos Aires un amigo nos recomendó visitar el Pão de Açúcar al atardecer. Allá vamos, apurados porque la hora está cerca. Llegamos justo para sacar una foto antes que el sol se ponga.
Después de correr para llegar, lo mejor que pudimos hacer es celebrar con unas cervezas heladas y una bolsa de pães de queijo y sentarnos a mirar las luces de la ciudad.
Como nos quedamos con ganas de recorrer y todavía tenemos tiempo, nos vinimos a caminar por la playa. Recorrimos Copacabana e Ipanema, hasta que encontramos un puestito que prometía las mejores caipirinhas de Río y no nos pudimos resistir.

Amanecimos con un buen día de sol, algo que ya parece bastante común en Brasil. Vinimos a conocer el centro de la ciudad, que queda a sólo unos minutos de la playa en subte. Bajamos en la estación Cinelândia, frente al cinema Odeon, y caminamos por la Rua do Passeio hasta los Arcos da Lapa. Los Arcos fueron construidos en 1750 por Brigadeiro Alpoim y hasta 1896 funcionó como un acueducto que abastecía a la ciudad de agua proveniente del Rio Carioca. En ese año se modificó para transformarlo en un viaducto por el que circula el tranvía que conecta el Barrio Santa Teresa con el centro de la ciudad.

El barrio de Santa Teresa es uno de los barrios más lindos de Rio. Es una especie de San Telmo con mucho relieve. Las calles se van cortando y acomodando a las colinas, y cada vuelta de esquina es diferente. Así fue como nos encontramos con la Escadaría Selaron, una escalera enorme –tiene 250 escalones- completamente decorada con cerámicos verdes, amarillos, rojos, azules y de todos los colores disponibles. La escalera es una especie de obra de arte que año a año evoluciona, agregando nuevos y variados motivos. Cada azulejo que la compone es distinto al de al lado y muchos de ellos fueron donados por gente de todo el mundo que visita la obra.

Saliendo de Santa Teresa está la Catedral de Rio, un edificio que desde afuera se ve como una pirámide de hormigón horrible, pero que de adentro es completamente distinta. Da una sensación de espacio inabarcable digna de las mejores obras de arquitectura monumentalista. Sus grandes vitraux hacen entrar la luz en distintos tonos de verde, azul, naranja y rojo, inundando el interior de colores vibrantes.
Salimos de la catedral y tenemos hambre. Caminamos por la Rua da Carioca y llegamos a la Praça da República, uno de los parques más grandes de la ciudad. Rápidamente encontramos un banco y nos sentamos. Saco sánguches y las bananas de la mochila y almorzamos disfrutando del verde y el sol. Descubrimos que la mejor manera de conocer una ciudad, es arrancar el recorrido cargando un tupper con sánguches.

Luego de recorrer el barrio nos dirigimos a la Praça Mercado Municipal, donde salen los ferris a Niterói, uno de los lugares que más me interesa visitar. Como el ferry sale en un rato, sacamos los tickets y nos vinimos a conocer el Palacio Tiradentes, un edificio del 1600 donde hasta 1960 sesionó el Congreso Nacional pero que, cuando la Capital fue trasladada a Brasilia, pasó a ser la Asamblea Legislativa del Estado de Rio de Janeiro.
Niterói –antiguamente llamada Nitcheroy- es una especie de ciudad satélite de Rio de Janeiro, fundada en 1536 por un cacique tupi Araribóia.
Una de las razones por que la quiero visitar, es porque alberga varias obras de Oscar Niemeyer, uno de los arquitectos que más me gusta. La primera obra que vemos es el MAC, Museu de Arte Contemporânea. Estoy frente a ese plato gigante y no puedo creer como es que se sostiene esa rampa. Es como una gran cinta roja que se vuela con el viento, un moño siempre a punto de ser atado sobre una obra que es realmente un regalo a la ciudad. Lo recorro por dentro y por fuera, lo miro, lo dibujo y lo vuelvo a mirar. Me encanta.

Desde el MAC caminamos por las calles de Niterói de vuelta al Centro, donde se encuentra una de las últimas obras de Oscar, un conjunto de tres edificios que reúne la sede de la Fundación Niemeyer, el Teatro Popular de Niterói y el Memorial Roberto Silveira. Estos, junto con el MAC y la estación de barcas de Charitas, conforman el llamado Caminho Niemeyer, el grupo de obras más grande después de Brasilia.
Los tres edificios son hermosos, dos con forma de caparazón, y un tercero más grande y con una forma sinuosa que recuerda el perfil de los cerros de Rio de Janeiro (o de una mujer acostada, como solía decir el arquitecto).

De vuelta en Río, vinimos a conocer la Biblioteca Nacional, que no tiene nada que ver con la de Buenos Aires. Esta biblioteca se fundó en 1755 y es la séptima más grande del mundo. Al entrar al edificio de estilo academicista, lo primero que me llama la atención es el espacio inmenso de cinco alturas donde balconean todos los pisos y que está coronado por una bóveda vidriada. Todas las salas de lectura son de estilo clasicista, pero con diferentes motivos ornamentales y todas son hermosas, salvo la de planta baja. Esa parece un búnker anti bombas o algo así.

Nos dijeron que al Cristo Redentor hay que visitarlo de mañana, porque es cuando el sol le da en la cara y se lo puede ver en todo su esplendor. Esta estatua de estilo art decó de 38 metros de alto fue construída en 1931 y es reconocida como una de las siete maravillas del mundo moderno. El Corcovado es el cerro más alto de Rio, y desde acá arriba se ve toda la ciudad y casi se puede ver Niterói del otro lado de la Bahía de Guanabara. Me siento como Simba cuando Mufasa le dice que el reino es “todo lo que toca la luz”.
Bajamos del Corcovado y nos tomamos el 569 al Jardim Botânico, uno de los lugares más lindos de esta parte de la ciudad y nuestro elegido para comer. El parque fue fundado en 1809 por el Rey Juan VI de Portugal, para la aclimatación de especies traídas de la India, como nuez moscada, canela y pimienta. Actualmente compone la lista de bioesferas de la UNESCO y alberga un gran centro de investigaciones y la biblioteca especializada en botánica más grande del país. Además hay ardillitas y lagartijitas por todos lados. El lugar es enorme (tiene 140 hectáreas) y está dividido por sectores temáticos, con calles, arroyos e invernaderos. Tiene un teatro, algunas ruinas de edificios antiguos y varios memoriales y monumentos.
Son las dos de la tarde y en tres horas nomás se mete el sol. Nos apuramos y vamos para la playa. Ipanema y Leblón son las más cercanas.
Llegamos al parador 8 y tiramos la lona en la arena, al toque se nos acerca Assim y nos pregunta qué queremos tomar. “Caipirinha de maracujá”.

Hoy es día especial de playas. El clima está perfecto y ya terminamos de desayunar nuestra ensalada de frutas locas. Le metimos maracuyá, papaya, dragon fruit, melón, mango, y una que es verde por fuera y blanca por dentro, con unas semillas durísimas y negras. Guanabana creo que le dicen.
Nos vamos a Prainha, una de las mejores playas de Rio. Bah, no sé si es Rio todavía, queda lejísimos. Tomamos el colectivo y después de un rato llegamos a destino. O casi. El colectivo no llega hasta allá. Nos bajamos y caminamos por el costado de la ruta un rato más. La playa es muy linda, y una de las más recomendadas para surfear. Es chiquita y tiene un puesto donde comprar cervezas y cocos, y unos baños públicos. No hay mucha gente, es muy tranquila.

Volviendo de Prainha aprovechamos para bajar en Barra da Tijuca, el barrio que está a mitad de camino antes de llegar al centro de Rio, queremos visitar la Cidade das Artes, uno de los complejos culturales más grandes de la ciudad. Un gigante de hormigón que se implanta en el medio de una rotonda en la autopista, para poder ser visto desde todos sus ángulos. El acceso al edificio es difícil, dimos varias vueltas y terminamos parados en medio de la autopista. Volvimos. Nos metimos por un túnel y llegamos. Es realmente imponente. Comenzamos a sacar fotos. El edificio es un gran monstruo envuelto por gajos de hormigón, con sectores de vidrio y sostenido por partes con unos bosques de columnas chingadas, que alberga la mayor sala de conciertos de Sudamérica, tres salas de teatro, una sala de música de cámara y varias salas de ensayo.

Un nuevo día. El último. Aprovechamos para ir a conocer un poco más del centro de la ciudad, donde hay varios edificios que quiero visitar.
Mi primer destino es el Theatro Municipal, un edificio academicista del año 1905 con un diseño inspirado en la Opera de París que, junto con la Biblioteca Nacional y la Câmara Municipal, coronan tres de los lados de la Praça Floriano.
Voy por mi segundo destino, la , un edificio racionalista construido en 1939 con una fachada de lineas puras completamente cubierta de parasoles que recuerdan a las obras de Le Corbusier.
El Palacio Gustavo Capanema, actual Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional y tercer edificio a visitar, fue proyectado en 1937 por el estudio de Lúcio Costa (en el que trabajaba Niemeyer) como sede del Ministerio de Educación y Salud. Es una torre imponente con un basamento en planta baja, rodeados por jardines diseñados por Roberto Burle Marx, uno de los mejores paisajistas brasileros.

Camino por la Av. Graça Aranha volviendo al departamento, levanto la vista para encontrarme con un puente peatonal sobre una de las autopistas internas de Rio, la Av. Infante Dom Henrique. Tanto el puente como la autopista están en medio del Parque Flamengo. Desde acá arriba tengo una panorámica espectacular de la ciudad. Apenas termino de cruzar el puente me encuentro con el archi-conocido solado de olas que cubre la rambla de Copacabana, una plaza seca con estanques y áreas verdes muy cuidadas. Y posado sobre ella, el MAM, Museo de Arte Moderno. El edificio fue construido en 1955 por Eduardo Reidy y me da la sensación de estar concebido como un volumen pesado/liviano. Es una caja de hormigón de dimensiones extraordinarias, que cuelga de unas patas triangulares de estilo brutalista. Pararse debajo de la panza de este bicho es impresionante, el foyer es gigante y no tiene ninguna columna en el medio, sólo a los lados. Este edificio me hace recordar al de Lina Bo Bardi para el Museo de Arte de São Pablo. Misma idea, distinta resolución. Detrás del museo, un rectángulo de césped replica el patrón de olas de la plaza seca. Es como una especie de cancha de fútbol diseñada. Más allá, el Parque Flamengo sigue hasta perderse de vista.

Sigo caminando por el parque y llego al Monumento a los caídos en la Segunda Guerra. Un conjunto constituido por tres partes: Una placa de hormigón elevada 30 metros sobre un par de columnas ubicada sobre una gran escalinata; un mausoleo donde descansa el Soldado Anónimo, sobre el cual se extiende una placa de hormigón que vuela unos 20 metros; y un museo con objetos que pertenecieron a los combatientes brasileros. Tiene además un par de esculturas, una metálica y una de hormigón, representando/homenajeando a las fuerzas aéreas, y a las fuerzas armadas respectivamente; y un mosaico que recuerda a los muertos en el mar. Realmente impresionante.
Esta parte de la ciudad no está muy pensada para los peatones, no hay puentes ni semáforos que permitan cruzar, y las calzadas son anchísimas. Eso sin contar que son ocho manos –son cuatro avenidas, una a la par de la otra- separadas por pequeñas plazoletas.

Hoy es sábado, y en Rio de Janeiro se sale. En la playa nos reparten varios folletos de lugares a los que ir, pero nosotros ya tenemos planes: Lapa.
Todos los sábados, los Arcos da Lapa se llenan de kiosquitos donde sirven tragos y comida al paso. Vamos llegando y ya se escucha la música, la gente bailando en la calle, y las luces de colores de los puestos. Nos acercamos a uno y pedimos un par de caipirinhas. El señor nos alcanza nuestros tragos, dos vasos de medio litro, y nos cobra 10 reales. Diez reales por los dos tragos. Menos de treinta pesos. Volvimos varias veces.

Nos levantamos a las 7 con apenas un poco de resaca, en un rato sale el avión para Buenos Aires. Agarramos los bolsos y vamos a buscar un taxi que nos lleve. En el camino voy observando la ciudad. Los morros y cerros que la rodean, su relieve interno y las casitas de las favelas que se apilan en los terrenos más altos. La autopista es un camino serpenteante que me va devolviendo a mi ciudad. Después de pasar estos días en Rio, por fin entiendo por qué la llaman la Ciudad Maravillosa.

Imágenes de Manuel Muñoz.