Fundación PROA

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Fundación Proa
Fotografías de Angela Fontana.

El día está nublado y en Caminito se levanta la feria. Hay muchos turistas, haciendo lo que los turistas saben hacer mejor: comprar y sacar fotos. El barrio parece alegre a pesar del frío, y en el fondo un puñado de gente baila tango en la vereda. Otro grupo de turistas los rodean. El edificio blanco se esconde detrás de una de las esquinas más famosas de la ciudad y, de no ser por un enorme cartel naranja y azul, pasa casi desapercibido.
Entramos. El interior es muy distinto. Lo que por fuera es una casona italiana de principios de siglo pasado, por dentro es un espacio integrado que se conecta mediante una escalera importante que atraviesa el  vacío. Recorriendo el edificio, una maraña de cables azules y fluorescentes nos guían hasta el famoso café de la Fundación. Desde la terraza se puede tener una vista única de la boca del Riachuelo, coronada por el Puente Nicolás Avellaneda.

Sentada en una de las mesas nos espera Cintia, Directora de Programación y Curaduría de la Fundación PROA, que nos va a contar cómo es habitar un espacio de arte.

“Lo primero que tienen que tener en cuenta, es que una muestra no puede caer en un espacio y no afectarlo ni ser afectada”, nos dice. “De eso se trata el trabajo de un curador. Es la persona encargada de regular esos impactos. De él se espera una cantidad de información intelectual sobre la muestra, y el proyecto de la instalación teniendo en cuenta los desafíos que presenta la arquitectura del lugar”.

Entre otras cosas, el curador será el encargado de proponer un recorrido posible, establecer diálogos o tensiones entre las obras, sugiriendo una relación con el espacio y con el espectador. Algunas exhibiciones son cronológicas. En otras en cambio, se propone un recorrido sensorial guiando al espectador mediante el uso de iluminación o el mobiliario. Así, el recorrido podrá ser más conductista o más libre, pero siempre está presente.

Para comprenderlo mejor, Cintia nos comenta lo que sucedió con la exposición de Marcel Duchamp, llevada a cabo en conjunto por la Fundación PROA en colaboración con el MAM (Museo de Arte Moderno) de São Pablo. Ambos tomaron decisiones esencialmente distintas a la hora de organizar la muestra, debido a las condiciones espaciales de cada uno de los lugares.

La muestra pasó primero por el MAM, un museo que tiene una gran sala longitudinal. Los museólogos resolvieron el conflicto de cómo generar las diversas estaciones y grupos de obras basándose en el pensamiento del propio Duchamp, de que el arte es para la mente y no para la vista. Por eso eligieron el concepto de lóbulos cerebrales, y armaron la muestra en base a formas sinuosas y recovecos, todo en los tonos grises, que iban alojando las diversas obras.

En la Fundación PROA, en cambio, la propuesta fue otra:

“Las obras que constituían la muestra eran muy diversas. Algunas eran muy pequeñas, otras muy grandes y a la vez, todas tenían que ver con objetos de mundo común. Creímos que ubicarlas sobre una base significaba la legitimación de la obra de arte, y que esto no era lo correcto para un artista que justamente se había focalizado en hacer ruptura con el arte tradicional”.

Después de evaluar diversas exhibiciones de Duchamp en la historia (y teniendo en cuenta que esta muestra no contaba con obras pictóricas), tomaron la decisión de colocar los objetos en el espacio, sobre un dispositivo conformado por distintos niveles de lectura. En las paredes, únicamente se observaba el pensamiento del artista en forma de frases vinculadas a la obra expuesta.

La ubicación de la Fundación en el barrio de La Boca no es casual. El Grupo Techint, constituido por una familia de origen italiano, eligió este lugar para colocar su fundación cultural debido a la gran cantidad de inmigrantes de ese país que históricamente habitaron la zona. La idea inicial era armar un centro de exposición de artes visuales, y originalmente contaba con un programa educativo que era su principal vínculo con las escuelas barriales. Luego de la crisis del 2001, creció el turismo internacional en la zona de Caminito y el público comenzó a ampliarse hacia nuevos sectores. Por ello en el año 2007, PROA cerró sus puertas para agrandarse. Se adquierieron dos casas linderas y se creó el edificio actual, un proyecto contemporáneo que siguió conservando la casona original.

Cintia nos comenta que antes de la remodelación del edificio, ya existía la famosa terraza, siendo éste uno de los elementos que se buscó mantener, no sólo por la calidad espacial que brinda, sino también por ser un lugar que propone una visión del barrio casi escenográfica.

La remodelación, no sólo fortaleció el vínculo con el barrio sino que además convirtió a PROA en un centro cultural de escala metropolitana. La cantidad de público aumenta los fines de semana con la aparición del Centro Cultural Nómade, un conteiner de colores que se ubica en la vereda de la Fundación, donde alumnos de las escuelas del barrio, reciclan y elaboran objetos a partir de materiales descartados. Este proyecto fue ideado originalmente por los arquitectos de a77 –Gustavo Diéguez y Lucas Gilardi–, y dialoga con las exposiciones del interior del edificio.

Ya que el objetivo de la Fundación es muy amplio: “difundir el arte de todos los tiempos, especialmente el contemporáneo”, el programa cultural involucra además de muestras, cine, obras de teatro, presentaciones y conferencias. Habitualmente, se organizan muestras nacionales, pero al menos una vez al año se intenta traer un artista internacional.

“Lo que buscamos en PROA es que el espectador tenga una experiencia estética integral. Que tenga contacto con la obra, con la Fundación, y con el entorno barrial. Buscamos que la gente se sienta a gusto tanto recorriendo las exposiciones, como tomando un café, o en la librería”. 

Los que conocemos PROA podemos asegurar que esto es una misión cumplida.

Imágenes de Angela Fontana Fotografía.
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