Peter Zumthor: Museo Kolumba

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Museo Kolumba desde el exterior. Fotografía de Maurice Tjon a Tham.

Peter Zumthor es una de las figuras más enigmáticas y atrayentes en el mundo de la arquitectura contemporánea. Su estudio -cuya página de internet oficial no es más que un tumblr donde cada tanto se publican fotos como ésta– se ubica alejado de las ruidosas metrópolis en una pequeña comuna suiza de poco más de 1000 habitantes. Su obra es inapelable y ésta es una de ellas: un museo de arte religioso en la ciudad alemana de Colonia, que se levanta sobre un conjunto arqueológico fusionando pasado y presente en un edificio aparentemente sencillo, pero colmado de sutilezas.

Bajo los cimientos del Museo Kolumba se superponen numerosas capas de historia. Colonia, hoy la cuarta ciudad más grande de Alemania, fue fundada por el Imperio Romano y mantuvo a través de los años un crecimiento fuerte y sostenido debido a su posición geográfica a orillas del río Rin. Durante la Segunda Guerra Mundial fue duramente bombardeada por los Aliados y su centro histórico quedó prácticamente destruido.

Por ese entonces, en el terreno donde hoy se ubica el museo en cuestión se hallaba la Iglesia de Santa Kolumba, que como el resto de las construcciones cercanas fue reducida a escombros con la única excepción de una pequeña estatua de la Virgen que se mantuvo ilesa.

La imagen sobreviviente motivó en los años ’50 la construcción de la “Capilla de la Virgen en Ruinas”, una suerte de refugio diseñado por el arquitecto alemán Gottfried Böhm para proteger la figura religiosa, que se popularizó rápidamente.

Dos décadas más tarde excavaciones arqueológicas en el sector sacaron a la luz, además de los cimientos del antiguo templo de Santa Kolumba, restos de viviendas romanas de los siglos II y III y construcciones religiosas de la época románica.

Así es como en los años ’90, cuando la arquidiócesis de Colonia eligió la zona para la ubicación de un nuevo museo donde albergar la colección de arte del arzobispado, el encargo no era sencillo: convivían en el sitio tres preexistencias y todas debían ser respetadas.

Se llamó a concurso en 1997 y la propuesta de Peter Zumthor resultó ganadora. En el año 2003 empezó la construcción.

“Con cada nuevo edificio se interviene en una determinada situación histórica. Para la calidad de esta intervención, lo decisivo es si se logra o no dotar a lo nuevo de propiedades que entren en una relación de tensión con lo que ya está allí, y que esta relación cree sentido. Para que lo nuevo pueda encontrar su lugar nos tiene primero que estimular a ver de una forma nueva lo preexistente”.

El proyecto integra en su planta baja el conjunto arqueológico y la capilla de Böhm -cuya entrada debía producirse desde la calle de manera independiente- y se toma del perímetro de la antigua iglesia generando una continuidad entre los viejos muros de piedra y la nueva arquitectura. El material escogido por Zumthor, un ladrillo gris de dimensiones alargadas diseñado y producido especialmente para el proyecto, permite resolver las diferentes situaciones de contacto entre ambos cerramientos.

Desde el exterior, el edificio no nos da demasiada información. Los volúmenes aparecen como elementos compactos y, aunque las perforaciones practicadas en la fachada aligeran su percepción como bloques macizos, el interior del museo es visualmente inaccesible. Tenemos que entrar en el vestíbulo para entender de a poco, como todo encaja. Accedemos y aparece de frente el mostrador de entrada y a nuestra derecha, un sereno patio interior. La planta baja es sumamente silenciosa ya que a pesar de alojar algunos servicios -como guardarropas y baños- no hay cafetería ni local de regalos. El bullicio de la calle quedó atrás nomás traspasar la puerta de acceso.

Desde allí podremos acceder al sitio arqueológico, o bien ascender a las salas de exposición.

El recorrido por las antiguas ruinas se realiza a través de una pasarela en forma de zig-zag que atraviesa el amplio espacio en doble altura. En los muros que cierran el sector, la pared interna se ha construido de la misma forma que la fachada del edificio, generando cierta sensación de estar en el exterior. La combinación de paños sólidos con perforaciones desiguales sobre la base de la trama de los propios ladrillos, aumentan esa sensación ya que permiten la entrada de aire y luz natural. Desde la pasarela también se aprecia la estructura, el museo se apoya sobre una serie de columnas de hormigón de sección redonda y esbelta que se introducen entre las ruinas para soportar la segunda planta.

Tendremos que volver al vestíbulo para ascender al área de las exposiciones a través de una escalera angosta y larga, casi procesional.

Una vez arriba las salas se van sucediendo de manera continua, una detrás de otra. El solado perfectamente pulido acompaña un recorrido que se lleva a cabo de manera sencilla y placentera. Las salas tienen dimensiones diferentes, pero la atmósfera que se percibe es similar. La única excepción es la sala de lectura, un pequeño espacio revestido en madera provisto asientos cómodos y algunos libros. Mientras que la primera planta no tiene relación con la ciudad, la segunda empieza a abrirse al paisaje urbano circundante a través de grandes ventanales que permiten contemplar el exterior. En este punto, Peter Zumthor ya me cautivó. Pienso que el Museo Kolumba no es un museo, es algo más.

Las obras de arte religioso se mezclan con las instalaciones de arte contemporáneo sin ningún orden aparente. Tampoco hay textos descriptivos que acompañen las obras, sino unos diminutos números que el visitante si así lo desea, puede consultar en el folleto que le entregan con su entrada.

La austeridad de los espacios, la elección cuidadosa de la luz y la precisión en el uso de los materiales, convierte a las obras expuestas en los verdaderos protagonistas del espacio. Allá por 2007  en el discurso inaugural, Zumthor hacía una reflexión al respecto al declararse en contra de lo que él mismo denominó el  fenómeno Bilbao.

“En estos días estamos acostumbrados al hecho de que muchos museos están formando parte de una campaña de marketing. Para las ciudades, el arte juega un papel menor (…) Pero aquí como uno puede sentir, el sentido es el opuesto. Todo empieza con el arte, no es sólo una buena inversión. Este proyecto fue pensado desde dentro, creyendo fuertemente en la obra de arte, en sus valores espirituales y en su habilidad de hacernos pensar y sentir.” 

El recorrido museístico culmina bajo las tres torres que constituyen las figuras más jerarquizadas del conjunto, espacios de exposición de gran altura iluminados desde su parte más alta a través de un vidrio esmerilado. El museo en su totalidad, parece una especie de ascenso hacia la luz.

La formación artesanal de Peter Zumthor, que antes de estudiar arquitectura tuvo un período de aprendizaje como ebanista, se ve claramente en la calidad de los detalles tanto en el interior como en el exterior. Los encuentros entre cada una de las partes están diseñados y ejecutados con muchísima precisión.

“Los detalles, cuando salen bien, no son decoración. No distraen, no entretienen, sino que conducen a la comprensión del todo, a cuya esencia necesariamente pertenecen”.

Hace poco en el libro de Iñaki Ábalos La buena vida, leí un fragmento de La Gaya Ciencia de Nietzsche. La cita empezaba así: “Llegará un día -muy pronto quizás- en el que se reconozca lo que les falta a nuestras grandes ciudades: lugares silenciosos, vastos y espaciosos, para la meditación.” Automáticamente pensé en el Museo Kolumba y en como excede su función expositiva y nos sumerge en una atmósfera serena y de reflexión. Por suerte, existen personajes como Peter Zumthor capaces de recordarnos que el espacio es verdaderamente poderoso y que la arquitectura siempre puede ser algo más.


Las imágenes indicadas son cortesía de Maurice Tjon a Tham
Descubrí más en su flickr!

Las citas destacadas de Peter Zumthor son parte de las reflexiones recogidas en: Pensar la arquitectura; Barcelona: Gustavo Gili, 2009.