Viviendas vivas

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Esta imagen muestra una red de 8.500 médicos y científicos que publicaron textos sobre el virus de la Hepatitis C entre 2008 y 2012 y las más de 60.000 relaciones de co-autoridad entre ellos. Imagen de Andy Lamb.
Esta imagen muestra una red de 8.500 médicos y científicos que publicaron textos sobre el virus de la Hepatitis C entre 2008 y 2012 y las más de 60.000 relaciones de co-autoridad entre ellos. Imagen de Andy Lamb (flickr.com/photos/speedoflife)

¿Cómo serán las viviendas del futuro? ¿Cómo los nuevos materiales derivarán en métodos constructivos que puedan evitar (o reducir) el impacto ambiental que tiene el ser humano en el medio ambiente, pero sin resignar confort y bienestar? ¿Cuáles son los pasos a seguir en la evolución de la industria de la construcción? ¿Qué beneficios hay en puerta? Estas incógnitas no son nuevas. De hecho están cerca de cumplir 60 años. Quizás más.

En 1960, el arquitecto, diseñador industrial y futurólogo (no confundir con astrólogo) William Katavolos publicó “Orgánica”, un ensayo/manifiesto donde describía lo que el denominaba “arquitectura química”. Allí proponía que los muebles, edificios e incluso ciudades enteras fueran diseñados a través de diferentes programas y que, a partir de nuevos materiales poliméricos modificados genéticamente, crecieran en los lugares donde se los “plantara”.

En su manifiesto, Katavolos decía:

“Imaginen una nueva ciudad crecida y moldeada en el océano, compuesta de grandes círculos de sustancias oleosas produciendo patrones en los cuales plásticos son vertidos para formar una red de bandas y discos que se expanden formando toroides y esferas. Paredes dobles con nuevos tipos de ventanas, que contengan químicos que calienten, enfríen y limpien las instalaciones; cielorrasos con patrones como cristales, suelos formados como corales, superficies ornamentadas estructuralmente con saltos que pasan livianos sobre nuestras cabezas.”

La arquitectura orgánica, describe una técnica donde la ingeniería genética aplicada a los materiales de construcción (como geles o fibras naturales o artificiales) permiten crear espacios que se adapten a los movimientos y necesidades del cuerpo humano al mismo tiempo que reaccionan ante los diferentes cambios en el entorno.
De esta manera, uno podría entrar a darse una ducha química que no requiera de gasto de agua, y ajustar el compartimento del baño al tamaño que le sea cómodo en lugar de limitarse a uno prefabricado y rígido. Podría luego utilizar moldes donde verter estos nuevos polímeros, y generar ropa personalizada que utilizar durante el día y que luego podría ser descartada. Según imagina Katavolos, los residuos generados podrían ser además consumidos químicamente y así reducir el volumen de basura en el mundo.

Un planteo similar al de Katavolos lo hace The Why Factory, un emprendimiento educativo impulsado por MVRDV. Basándose en el dibujo animado francés Barbapapa, donde los personajes tienen la posibilidad tomar diversas formas de acuerdo a sus necesidades, The Why Factory indaga en materiales que, utilizando nanotecnología puedan brindar un entorno totalmente adaptable basado en el cuerpo humano, que responda en tiempo real a los movimientos de las personas que lo habitan, cambiando su forma y características físicas, permitiéndoles interactuar con el entorno.

Por último, el manifiesto de Katavolos hace hincapié en que el hombre debe dejar de manipular los materiales para construir edificios, y en lugar de eso dejar que la arquitectura ocurra por sí misma.

“Hay una forma que traspasa los principios constructivos de las curvas, parábolas y las líneas de plomada. La arquitectura debe liberarse de los patrones tradicionales y volverse una materia orgánica”

Esta idea de alejarse de las líneas definidas/conocidas de las paredes de la arquitectura tradicional, para adentrarse en el mundo de la no-definición o de las “zonas de construcción” que delimiten los espacios, me recuerda al libro ‘Rizoma’ de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

En Rizoma, los autores dan cuenta de las organizaciones de tipo arbórea que usualmente se dan en el mundo donde, a partir de un vector principal o tronco, se generan nuevos vectores “ramas”, que al mismo tiempo se dividen infinitamente en vectores cada vez más secundarios, dando como resultado una red jerarquizada. A ese tipo de organización, ellos contraponen el rizoma, y aclaran:

“A diferencia de los árboles y sus raíces, el rizoma conecta un punto cualquiera con otro punto cualquiera, y cada uno de sus trazos no remite necesariamente a trazos de la misma naturaleza.
[…]
A diferencia de los sistemas centralizados (o incluso policentrados), de comunicación jerárquica y vínculos preestablecidos, el rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico y no significante.”

Una visualización gráfica de sentimientos expresados en internet. Los sentimientos positivos tienen colores brillantes y los negativos oscuros.
Una visualización gráfica de sentimientos expresados en internet. Los sentimientos positivos tienen colores brillantes y los negativos oscuros.

Uniendo estos dos conceptos, de arquitectura polimérica e interactiva y rizoma, podemos llegar (salvando algunas distancias) a algo de lo que pasa desde no hace tanto en el mundo de los materiales y el diseño industrial y arquitectónico: La impresión 3D.

Primero quiero hacer una introducción para comentar de qué se trata esto, y cómo se producen los objetos. Hay varios métodos de impresión 3D, algunos usan fundido o ablandamiento del material para producir las capas, mientras que otros funcionan depositando materiales líquidos, polvos o polímeros. En el caso de los objetos laminados, finas capas son cortadas y unidas. Cada método tiene sus ventajas e inconvenientes, generalmente las consideraciones principales son velocidad, coste del prototipo impreso, coste de la impresora 3D, elección y coste de materiales, y la capacidad de elegir el color.
Sin embargo, estos no son los únicos sistemas o materiales disponibles. La posibilidad del acceso libre a la tecnología, sumado a la capacidad de invención creativa, han permitido crear versiones experimentales de impresoras que utilizan como materia prima vidrio fundido, barro o hasta arena y sol.

Uno de los métodos de impresión más interesantes, y que tiene algo que ver con los principios que enunciaba Katavolos, es el de la fotopolimerización. En este proceso, la impresora utiliza resinas líquidas que se solidifican en contacto con la luz ultravioleta que produce un láser. De esta forma se pueden ir superponiendo capas de resina líquida y solidificarla al instante, o utilizar exposición controlada sobre un recipiente que contenga el líquido, de manera que se solidifique sólo la parte deseada.

En 2012, el equipo de arquitectos e investigadores SoftKill Design diseñó un prototipo de vivienda que (para mí) es la perfecta unión entre arquitectura de polímeros, rizoma e impresión 3D: ProtoHouse.

ProtoHouse. Imagen de SoftKill Design.
ProtoHouse. Imagen de SoftKill Design.

Este proyecto basa su esquema estructural en la distribución de material sobre las diferentes líneas de acción de las descargas, optimizando el uso del material, al mismo tiempo que maximiza la eficiencia del modelo.
El diseño solo está limitado por cuestiones de transporte y del tamaño de impresoras disponibles. El resultado es un conjunto de 31 piezas que se encastran formando un rompecabezas tridimensional sin necesidad de adhesivos. Según Aaron Silver, uno de los miembros de SofKill, actualmente el modelo tiene la estructura a la vista y parece un paquete de vermicellis o una esponja vegetal. Pero en el modelo final, la idea es recubrir la estructura con terminaciones interiores y aportarle impermeabilidad al techo añadiendo una membrana plástica que también podría ser producida con técnicas de impresión 3D.

Las posibilidades que brinda este método creativo son casi infinitas, y las relaciones entre un punto y otro de la masa diseñada terminan conformando una red caótica de hilos plásticos que se unen de manera aparentemente azarosa, pero que encierran un sentido práctico o estético. Estos tejidos poliméricos todavía no son capaces de interactuar con el ser humano mediante diferentes químicos, pero sí pueden adaptarse en forma y tamaño y responder a necesidades ergonómicas y de confort.

¿Será este el futuro del diseño industrial/arquitectónico? ¿Qué ramificaciones tendrá la inclusión de nanotecnología como propone The Why Factory? ¿Qué impacto medioambiental generará el uso de estos materiales y productos químicos? Solo nos queda esperar y ver.