Volver al futuro

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Metrópolis – Fritz Lang (1927)

El futuro es todo aquello que no sucedió pero sucederá. Cada cual tiene su propia imagen: puede ser más realista ligada a la experiencia a corto plazo o pueden ser una ilusión relacionada a los deseos y miedos desconectada de la realidad. Así como existe la memoria colectiva formada de recuerdos intencionados según el ánimo colectivo de determinada sociedad en un momento específico, se puede hablar de un imaginario de futuro colectivo, una suerte de idea de cómo acontecerán las cosas, cómo lucirán las ciudades, las ropas etc. Esto se ve plasmado en la cultura a través de ideas arquitectónicas-urbanas, películas, cómics libros, etc.

Si bien pasado y futuro parecen ser palabras antagónicas hay cierta relación entre la experiencia pasada y la concepción de futuro. En palabras de Kevin Lynch:

“El futuro puede cambiar en su alcance, su relacionalidad y su tono emocional en  función de nuestra concepción de las circunstancias en que nos encontramos ahora, de la  imagen que tengamos de nuestra experiencia pasada y de nuestras capacidades y  actitudes mentales de carácter general.”

Es así como si un grupo tiene una experiencia pasada calma dónde las situaciones se suceden coherentemente sin grandes abruptos tiende a imaginar un futuro de cambios progresivos e imaginarios más realistas. En cambio, si el pasado ha sido turbulento y caótico, las ideas de futuro tienden a lo irreal a desconectar la imagen futura del presente. En estos casos los futuros suelen ser extremistas en sus tintes, o son grandes utopías o catastróficas distopías. Por ejemplo a principios de los años 60 se pensaba  en simultáneo situaciones como las presentadas en Los Supersónicos (1962), un mundo donde todos vivimos felices en el espacio, o las Walking Cities de Archigram (1964) ciudades móviles que van en busca de recursos en un mundo en ruinas.

Los Supersónicos – Estudio Hanna-Barbera 1960

A principio de siglo XX las visiones de futuro eran más bien positivas, relacionadas a una fe creciente en el avance tecnológico. En la relación máquina-hombre predominaba el hombre, y la máquina no era más que una extensión suya que ampliaba sus posibilidades: El auto les daba velocidad, el avión permitía volar, el ascensor hacia deseable vivir en alturas consideradas hasta entonces inhabitables.  De ahí surgen esas imágenes en revistas de consumo masivo y películas dónde se pueden ver ciudades bien altas, con aviones volando entre los edificios y autopistas atravesando la metrópoli en diferentes alturas. En este contexto surge el Futurismo italiano, que es quizá la primer corriente arquitectónica en entender la ciudad como algo cambiante (tal vez demasiado cambiante ya que abogaban por un hábitat nuevo para cada generación). Sus imágenes en cuanto a lo urbano, al futuro imaginado, tienen como factores principal la altura, la velocidad y el movimiento. Las ciudades que presentan en sus obras -ninguna construida- no son más que la exageración al máximo de las capacidades técnicas de la época, grandes edificios, innumerables vías de circulación. No hay vestigios de elementos del pasado, como cúpulas y frontis, ya que en su presente hay una fe positiva en la evolución tecnológica que ha ido creciendo en los años precedentes al manifiesto futurista, y que prevé que si hoy estamos mejor que ayer, mañana estaremos mejor que hoy.

Metrópolis – Fritz Lang (1927)

Algunos de los futuros más extraños y extravagantes tienen lugar en la segunda mitad del siglo XX. Posterior a la segunda guerra mundial las imágenes de futuro tienden a alejarse de la realidad y acompañados de la carrera espacial, los descubrimientos en robótica, y la introducción de artefactos cada vez más sofisticados en la vida cotidiana (electrodomésticos, vale la aclaración) generan unos imaginarios extraordinarios que seguimos disfrutando y con los que seguimos fantaseando hasta hace poco años: Ciudades en el espacio, autos que vuelan, robots que se rebelan contra la humanidad.

En general el imaginario colectivo del futuro de posguerra tiende a catástrofe, la fe positivista de la mano de la tecnología fue quebrada cuando en las guerras mundiales queda al descubierto su peor cara: las novelas Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell son una clara representación del futuro que se piensa en el periodo de entreguerras y posguerra respectivamente. Las imágenes suelen ser bastante oscuras incluso aquellas atravesadas por la vanguardia pop, como en el caso de Archigram, la predicción es la de un mundo devastado.

Walking cities – Ron Heron (1964) – Archigram

Naturalmente en la formación de los imaginarios de futuro influyen las corrientes arquitectónicas vigentes para la época. Así en estos futuros de posguerra anteriores a la corriente posmoderna se suelen representar objetos aislados de su entorno o en el espacio exterior que tiende a infinito.

2001: Una odisea en el espacio – Stanley Kubrick (1968)

Las imágenes de ciudades del futuro que surgen durante la posmodernidad en cambio muestran señales de “la ciudad del pasado” en ruinas con ciertos elementos futurísticos que irrumpen en escenas aparentemente cotidianas para la época. Los símbolos de pasado y futuro conviven dando lugar a futuros más verosímiles. Es interesante como en estos futuros se imaginan situaciones extremas a las que la tecnología no ha llegado – todos manejando autos voladores y androides conviviendo entre nosotros luchando por sus derechos- pero sin embargo no se podía concebir situaciones que hoy nos son cotidianas – un teléfono/computadora portátil en las manos de todos-.

Este breve repaso por las distintas visiones de futuro pone de manifiesto la impronta que genera la tecnología en nuestra vida cotidiana y cómo nos tomamos de los nuevos descubrimientos para proyectar una idea-imagen de cómo será el futuro. Los resultados pueden parecer locos, delirantes e inconexos con la realidad, pero estos imaginarios son muy necesarios porque dan a conocer los mayores deseos y temores de la sociedad en el momento de ser concebidos. Quedará pendiente un análisis sobre los imaginarios del futuro actual, pero algo se puede suponer a través de las imágenes de la película Her o la serie Black Mirror. Me gustaría concluir con un párrafo del libro “La construcción arquitectónica imaginaria y el arte cinematográfico” de Marcelo Vizcaíno en el que se destaca la importancia de estos imaginarios:

“En esta percepción visual de las formas futuras, ningún paralelo tan semejante  como arquitectura y cine para dar las posibles claves de las que el conocimiento científico en general carece, ya que cuanto más conocimientos se crea para saber el futuro, menos podemos saber cómo será dicho futuro. Por lo tanto, se podría enunciar y afirmar que la ignorancia científica del arte (manifiesta en su audacia de proponer, apostar, arriesgar) no es causa de resignación, sino la expresión de nuestra libertad en nuestra proyección temporal”