Zaha Hadid: MAXXI

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Zaha Hadid por Brigitte Lacombe. Cortesía Zaha Hadid Architects.

Todavía me acuerdo el día que conocí a Zaha. O su obra, bah. Fue en una teórica sobre edificios públicos en el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, durante mi primer año en la carrera, allá por el año 2007.

Mi primera impresión al ver las imágenes del Rosenthal Centre proyectadas en la pared, fue de asombro. Los espacios se iban sucediendo de manera continua, fluída, sin interrupciones entre uno y otro. Las escaleras parecían estar flotando en el aire, sin demasiado sustento físico. Los volúmenes iluminados de la fachada daban la impresión de estar en movimiento, produciendo un juego de luces y sombras fantástico.
No había visto demasiadas obras así, que involucren arquitectura en relación a la ciudad, pero que al mismo tiempo trabajen el paisaje urbano interviniéndolo con topografías artificiales. No terminaba de entender cómo alguien podía idear esos espacios y después poder bajarlos a un papel o, más aún, materializar una obra.

Investigando más sobre esta enigmática mujer (que hacía poco había ganado el Pritzker de Arquitectura), descubrí que había nacido en Baghdad, Iraq, en 1950, y que había estudiado matemáticas en la American University de Beirut antes de mudarse a Londres para comenzar a asistir en la Architectural Association, de donde se graduó en 1977 con diploma de honor.
Zaha cuenta que durante su período de estudiante en el famoso colegio de arquitectura la tenían como una chica problemática, pero lo cierto es que a mí me habría gustado tener alguien así en mi grupo del CBC:

La Architectural Association es un colegio no tradicional. La idea de que te convertís en estudiante y de repente te encontrás en una situación donde estás en primer año y nunca habías hecho arquitectura antes da un poco de miedo. Estábamos haciendo una presentación y nadie sabía cómo hacer una maqueta, nadie sabía dibujar, entonces les dije a los profesores: ‘Si quieren que hagamos buenas maquetas, entonces ¿por qué no nos enseñan como hacerlas? Porque nosotros no sabemos. No podemos improvisar.’ Después de eso aprendí a improvisar. Pero ellos también mejoraron, fue un año que arrancó muy malo pero terminó siendo super intenso.

Asistí al colegio de arquitectura en un momento en el que todos estaban obsesionados con ‘la idea’. Si no tenías una idea eras un mono. Eras eliminado de la competencia. Nos entrenaban para que sepamos cómo construir una idea y un concepto. Esa fue siempre mi ambición. Siempre que el proyecto tenga un eje central, el resto de las cosas se pueden ajustar.

En 1979, Zaha fundó su estudio de arquitectura, pero no fue hasta 1993 que completara su primera obra: La estación de bomberos de Vitra que, junto con el MAXXI, son dos de sus edificios favoritos.

Mis obras preferidas son los proyectos que fueron seminales para el momento en que se concretaron. La Estación de Bomberos de Vitra y el MAXXI de Roma requirieron un esfuerzo increíble en el estudio. Fueron años en los que no dormía por cuatro noches seguidas, o semanas. Eran tiempos muy emocionantes. Nos volvimos tan locos al final de ese período que empezaron a surgir cosas interesantes. Desarrollamos un montón de ideas que no siempre usábamos, pero que se convirtieron en el desarrollo de la práctica.

La gente piensa que sólo hago edificios culturales y no es así. Me gusta hacerlos porque la única manera en la que pude ingresar al campo de la arquitectura fue participando en concursos para museos. Para mi fue una gran recompensa haber sido seleccionada en esas competencias y haber ganado algunas y perdido otras. Tuvimos suerte de ganarlos, por eso continuamos haciéndolos. Sin embargo, también hemos hecho centros de investigación, escuelas, piscinas, saltos de ski, puentes, estaciones de tren y, actualmente el estadio para el Mundial de Qatar 2022.

Entre las obras más actuales, el MAXXI es considerado por el estudio (junto con el London Aquatics Centre para los juegos olímpicos de 2012 y el Heydar Aliyev Centre en Baku), uno de los manifiestos construidos de su búsqueda por los espacios complejos y fluidos.
En mi visita a Roma en 2015, tuve la oportunidad de entrar por primera vez en un edificio de Zaha, y experimentar en primera persona de qué hablaban exactamente.

Desde el momento en que llegás al lugar, en un barrio alejado del centro histórico de Roma, una enorme masa de concreto que se asemeja a una serpiente gigante enroscada te mira expectante. Esto tiene dos interpretaciones: las serpientes se enroscan un segundo antes de atacar, cuando sienten encima a su enemigo. Pero también, las serpientes se enroscan sobre sí mismas cuando se encuentran en sus madrigueras, en armonía con su entorno y como un mecanismo para mantener caliente su cuerpo o proteger sus huevos. Creo que la descripción que más se acerca a la realidad arquitectónica del MAXXI es esta última. Un edificio que se enrosca y se tuerce sobre sí mismo para proteger los pedazos de cultura que habitan en su interior y que le dan vida y calor, abrazando los edificios sobre los que se posó (unos antiguos cuarteles de la Armada), y en completa comunión con su entorno.

Fotografía de Helene Binet. Cortesía de Zaha Hadid Architects.
Fotografía de Helene Binet. Cortesía de Zaha Hadid Architects.

El Museo se comporta como un gran espacio, que se va dividiendo no por paredes y puertas como es habitual, sino por ensanches y estrangulaciones, por balconeos y dobles o triples alturas, por curvas inesperadas, por desniveles y por circulaciones que parecen ser extensiones del mismo espacio. Las salas de exposiciones se van sucediendo en el orden que el visitante quiera, con posibilidades de hacer varios recorridos diferentes, y de visitar y revisitar las obras.

Una vez cruzado el umbral de acceso, el hall me recibe con su maraña de escaleras voladoras que conectan los diferentes niveles al mismo tiempo que flotan sobre tu cabeza. Hacia la izquierda, un ascensor me llevó a una (mi primera) sala de exposiciones, dividida en dos sectores por una pared que penetra el espacio al mismo tiempo que otra se curva hasta casi encontrarse. Está expuesta ‘Good Luck’ de Lara Favaretto, una obra que surgió de preguntarse: ‘¿hay tal cosa como el derecho al anonimato, a cambiar tu vida? ¿Es posible, en el mundo digital de hoy en día, desaparecer sin dejar rastro?’. Este conjunto de 18 esculturas elaboradas a partir de volúmenes dorados y tierra está dedicado a 18 personas que desaparecieron.
La interacción entre las esculturas y el ambiente es sumamente intensa, las paredes y el techo se reflejan en los planos metálicos duplicando y distorsionando el espacio, y el negro negrísimo de la tierra contrasta con el el blanco impecable de las paredes y el piso. Al mismo tiempo, la luz que entra por el techo rebota en todos lados e imbuye un aura un tanto mística en el lugar. A la vez, los detalles de encuentros entre losas, volúmenes y diferentes materiales son exquisitos, y los juegos de luces aportan (todavía más) modernidad a los espacios.

Las costillas de las carpintería del techo parecen guiarme en su recorrido por las salas, continúo mi visita por el Museo pasando por las diferentes salas. En una hay una muestra la relación entre la comida y la gente en las diferentes culturas, desde la lata de Sopa Campbell de Andy Warhol hasta los complejos sistemas de apoyo social en Delhi, pasando por los mercados de MVRDV y figuras de Disney cubiertas de chocolate.
En la siguiente puedo ver una serie de dibujos, escritos, imágenes y objetos extraños. Futurísticos y antiguos al mismo tiempo. Documentan el espacio que el arquitecto Maurizio Sacripanti ideó para el pabellón italiano de la Expo Osaka ’70, bajo el lema “Un espacio que se mueve puede significar un país que se mueve”.
Mi recorrido termina en la cabeza de la serpiente que es este Museo, desembocando en las vistas exteriores sobre el parque y el barrio. En esta última sala se sucede una muestra retrospectiva de fotografía de Olivo Barbieri que deja ver diferentes lugares del mundo desde puntos de vista que nos permitan interpretar la realidad de otra manera, poniendo en duda las formas convencionales de representación y transformándolas en nuevas narrativas. Recorro las imágenes que muestran sectores de ciudades tan disímiles como Roma, Las Vegas, Tokyo, Delhi, Beijing y, de repente, las Cataratas del Iguazú. Es hora de volver a casa.

Fotografías y piezas gráficas cortesía de Zaha Hadid Architects.
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Fotografías del Rosenthal Centre gentileza de Kent Rasmussen
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